Sociología y economía  Sostenibilidad 

Caveat pedes

Un año tras el 11-S, tanto la crispación política como la inercia cultural dibujan un paisaje poco propicio para los peatones de la historia.

Luis Fernández-Galiano 
30/04/2003


Vaya con cuidado el peatón. Durante el verano la Dirección General de Tráfico se ha dirigido a los peatones con un campaña publicitaria que les recuerda su fragilidad. Al margen de los derechos que le otorgue la norma, el peatón es el elemento más vulnerable del tráfico, y debe extremar las precauciones: «La primera norma de circulación del peatón es el sentido común». Ese caveat pedes realista y escéptico es un resumen taquigráfico del momento del mundo: los peatones de la historia deben andar con cuidado. Aun agrupados en multitud, los sujetos individuales se antojan tan inermes como los cuerpos dóciles y desnudos que se aglomeran en las fotos-acontecimiento de Spencer Tunick, donde la piel a la intemperie es un emblema de nuestro desvalimiento biológico y social.

Arriba, imagen de Manhattan con las Torres Gemelas y fotograma de la película Kandahar.

Tres siglos y medio después de la paz de Westfalia, que funda el orden político internacional tras la carnicería de las guerras religiosas, el único principio que rige el presente es el derecho a la intervención preventiva de un poder imperial más amparado en el espectro de la ‘justicia infinita’ que en el de la ‘paz perpetua’; casi seis décadas después de los acuerdos de Bretton Woods, que establecieron las estructuras económicas con las que se reconstruye el paisaje de ruinas dejado por la II Guerra Mundial, las instituciones reguladoras del capitalismo muestran su hipocresía o su impotencia ante un sistema herido en su médula cordial de confianza; y diez años después de la cumbre de Río, propuesta como un punto de inflexión en el proceso de deterioro del planeta, la degradación ambiental y sanitaria progresa con la implacable imperturbabilidad que está constatándose en Johanesburgo.

El niño hambriento de Irak, el ahorrador desvalijado de Argentina o la seropositiva de Zambia son todos ellos peatones atropellados por las catástrofes políticas, económicas y epidemiológicas de un mundo en crisis: no tanto collateral damage de la recomposición, sino víctimas necesarias de la descomposición. Un año después del 11-S, el caudal de solidaridad y emoción suscitado por los atentados se ha desvanecido como una catedral de humo, y los europeos sienten que el Atlántico se ensancha; pero sus reticencias frente al imperio son sólo mohines de disgusto de una vieja sociedad que se sabe incubadora de totalitarismos. Como los comunistas del compromesso stòrico, que bromeaban sobre la gloriosa trayectoria que les había llevado a estar con Gramsci frente a Mussolini, con Togliatti frente a De Gasperi, y con Moro frente a Fanfani, los intelectuales europeos que estuvieron con Lenin frente a los zares y con Mao frente a los mandarines están hoy con Powell frente a Cheney: tal es el retrato de la madurez de los tiempos.

Europeos y estadounidenses son cómplices en la construcción de un sistema que centrifuga la pobreza a la periferia, acentuando las desigualdades materiales, educativas y sanitarias. La Política Agraria Común europea o el Farm Bill norteamericano estrangulan la sociedad campesina del Tercer Mundo, generando tantos flujos migratorios como de resentimiento. El Otro de hace un año era el musulmán, secuestrado por el fundamentalismo religioso como resultado del fracaso en la modernización secular, y donde sólo el cinismo rescataba a los príncipes saudíes de su protagonismo en el ‘eje del mal’. El Otro de hoy es el pobre, el esclavo primitivo, deforme y subhumano que se subleva engañado, ignorante y manso ante la expropiación de su universo insular, carne de patera y plantación que las fronteras filtran con eficacia decreciente. La amenaza del talibán se ha tornado en temor a Calibán.

El trauma del 11-S dibujaba un interrogante esquemático en la conciencia occidental: ¿Por qué nos odian? Pero la violencia elemental de la pregunta contiene un mensaje que no ha sido recibido. El talante cultural en el imperio oscila entre la celebración de ‘los héroes’ uniformados, un filón sentimental en el que se ha refugiado la intelligentsia izquierdista, encabezada por los Tim Robbins y Susan Sarandon que homenajean a los bomberos en The Guys; el patriotismo optimista y elegíaco del Bruce Springsteen de The Rising; y el chauvinismo country, iracundo y agresivo de Toby Keith, que ha llevado sus himnos xenófobos (producidos por Dreamworks, la firma de Spielberg) a la cabecera de las listas de ventas. La conciencia de vulnerabilidad engendrada por el 11-S ha quizá promovido la solidaridad, el sexo o el alcohol, pero no ha suscitado el examen de conciencia que reclaman críticos como Noam Chomsky desde los márgenes del sistema. Acaso sólo los escándalos económicos, como ya pronosticara Paul Krugman con ocasión del fraude de Enron, sean al cabo capaces de sacudir la indulgencia autosatisfecha de los Estados Unidos, un gigante sordo que aún no acepta que el mundo se gobierne tanto con las armas como con la reputación.

En su modestia ancilar, la arquitectura ofrece todavía pocos signos de esa mudanza mental que muchos anticipan o desean. La reconstrucción de la Zona Cero, que podía haber sido un formidable laboratorio de ideas, se escindió de inmediato entre las propuestas teóricas y oníricas del medio centenar de arquitectos convocados por la galería Max Protetch para una exposición que después de mostrarse en Nueva York y Washington viajó a Venecia, y los seis proyectos pragmáticos e inmobiliarios sometidos a refrendo público y finalmente descartados. En las propuestas artísticas de la exposición, ideas sin hechos: reputación sin armas; en los proyectos técnicos de la promotora, hechos sin ideas: armas sin reputación. ¿Se cruzarán alguna vez estos dos mundos?

Seis meses depués de la destrucción de los dos rascacielos del World Trade Center, Nueva York evocaba su perfil perdido con dos fantasmales torres de luz que se elevaban desde las inmediaciones de la Zona Cero.

Por lo demás, el malestar contemporáneo de la arquitectura se localiza en terrenos diferentes a los de la reparación del orgullo americano o la reconstrucción de Manhattan. Si los vacíos de la America Deserta sirvieron para ilustrar el «There is no there there» («no hay ahí ahí») de Gertrude Stein, el hueco congestionado de la Zona Cero es una perversa materialización del «rien n’aura eu lieu que le lieu» («nada habrá tenido lugar más que el lugar») de Mallarmé: una lírica ontológica que se adhiere como una epidermis simbólica a ese lugar que pugna por desprenderse de su temporalidad ominosa, y que la retórica más vacua—de las torres de luz de artistas y arquitectos a la réplica coronada por atrios luminosos propuesta por Salman Rushdie— imagina como remedos espectrales; pero una poética metafísica que linda también con la prosaica corrupción de la construcción por el espectáculo y de la duración por el acontecimiento. Los frenólogos buscaban el espíritu en el hueso, y ese materialismo naïf servía a Hegel para subrayar que no hay sujeto sin materia resistente e inerte: el espíritu de la arquitectura habita también en el hueso, una materia perezosa que modela las ideas con las formas, y se desvanece en el aire fugaz de las imágenes fantasmales.

Los descontentos de la arquitectura han contemplado el 11-S como un hecho pavoroso de filiación heideggeriana, un acto decisivo que golpea la tecnología y el americanismo en su sede espiritual y material. Pero en la medida en que la república se ha transformado en imperio y la respública es ya la restotal, el desafío a la globalización no es un desafío al totalitarismo moderno sino a la totalidad civilizada: fuera del imperio no hay sino bárbaros, Calibanes que deben someterse o exterminarse. En la actual encrucijada, el camino que conduce de Washington a Bagdad se extravía en los espejismos elusivos de las ‘armas de des-trucción masiva’iraquíes —una suerte de MacGuffin de Hitchcock en la narración de la cri-sis, como las caracteriza Slavoj Zizek—, pero el actual unilateralismo imperial deja pocos resquicios a la duda de la catástrofe. «Erich Auerbach escribió una vez» —nos recuerdan Michael Hardt y Antonio Negri— «que la tragedia es el único género que puede llamarse propiamente realismo en la literatura occidental y esto quizás sea cierto a causa de la tragedia que la modernidad occidental desató en el mundo». Cabe pensar que este tiempo que vivimos como aurora sea en realidad un ocaso; pero la luz indecisa sólo puede animar a los peatones de la arquitectura y de la historia a extremar la atención.


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