Al servicio de la vida

Luis Fernández-Galiano 
01/01/2014


La modernidad arquitectónica nació al servicio de la vida, pero acabó convertida en un lenguaje visual. Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal recuperan la fibra ética de la aurora moderna para volver a poner la construcción al servicio de lo cotidiano, y su estética se desprende sin mediaciones estilísticas de su compromiso con el cobijo confortable de lo orgánico. Utilizando elementos y sistemas que provienen de la construcción agrícola o la ingeniería civil, los arquitectos proponen estrategias y proyectos que asignan el presupuesto disponible con ejemplar pragmatismo, estableciendo inteligentemente las prioridades para alcanzar resultados tan deslumbrantes como evidentes. Ese realismo radical fertiliza la industria con la artesanía, la investigación con la ingenuidad, y el readymade con el bricolaje, ofreciéndonos como fruto de ese mestizaje esencial espacios habitables que albergan a la vez la intimidad y la sociabilidad, obras exactas que aúnan generosidad y alegría.

Elemental en la claridad de sus fundamentos, la arquitectura vital de Lacaton y Vassal exhibe una frescura espontánea que no excluye referentes históricos, de Mies van der Rohe, Richard Neutra o su compatriota Jean Prouvé a las case-study houses californianas de los Eames, Craig Ellwood o Pierre Koenig; y remontándonos más atrás en el tiempo, es difícil no hallar en el Crystal Palace del jardinero Joseph Paxton un antecedente heroico de sus invernaderos habitados. Pero desde nuestro observatorio doméstico, muchos encontrarán en esta obra confirmación de las tesis de antiguos profesores de la Escuela de Madrid como José Fonseca (‘en la vivienda es más importante la superficie que los acabados’) o Fernando Ramón (‘el confort térmico exige la participación del usuario’), así como de los diagnósticos lacónicos de arquitectos como Alejandro de la Sota (‘el no hacer Arquitectura es un camino para hacerla’) o Miguel Fisac (‘mis mejores obras son las que no he hecho’).

Si en el Maravillas ‘nadie echa en falta la Arquitectura que no tiene’, lo propio ocurre en la Casa Latapie, la Escuela de Arquitectura de Nantes o el FRAC de Dunkerque; y si Fisac valoraba especialmente las obras que había renunciado a hacer por juzgarlas agresivas con el entorno o innecesarias, algo parecido puede decirse de la intervención mínima en el Palais de Tokyo, la alternativa a la demolición en Bois-le-Prêtre o la decisión de no remodelar la Plaza Léon Aucoc en Burdeos, porque ya tenía ‘la belleza de lo que es evidente, necesario y suficiente’. Esa belleza de lo necesario está en los pabellones, hangares e invernaderos rebosantes de flores de los arquitectos franceses, y estaba también en su opera prima, la choza con cobertizo en Niamey que Jean-Philippe dejó para regresar a Europa en 1985: ese mismo año nació esta revista, que celebra su treinta aniversario y el comienzo de una nueva etapa con este reconocimiento a una arquitectura al servicio de la vida. 

Luis Fernández-Galiano


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