UTEC en Lima

Grafton Architects 


¿Cómo concebir la imagen paradójica de un ‘campus vertical’? Convertir una universidad en un campus es una cosa; convertir un campus en un edificio en altura, otra muy distinta. Considerados por separado, ambas opciones son viables, pero ¿cómo incorporar en la estructura de un edificio en altura el principio ‘campus’, incluyendo también la idea de paisaje abierto? Yvonne Farrell y Shelley McNamara, del estudio Grafton Architects de Dublín y encargadas de dirigir la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2018, han tenido éxito a la hora de intentar tal cuadratura del círculo en la UTEC, la Universidad de Ingeniería y Tecnología de Lima, inaugurada en 2015.

La UTEC es una enorme y permeable megaestructura dotada de jardines colgantes y de escaleras y galerías que, suspendidas con libertad sobre el espacio abierto, comunican las diez plantas de laboratorios, aulas y oficinas que componen la universidad. Recientemente, un crítico británico definió la UTEC como «un Machu Picchu moderno», y el eslogan resulta afortunado en la medida en que apunta a un objetivo mayor: vincular el edificio brutalista con la memoria arquitectónica de los incas del Perú.

El concepto de ‘campus’ se remonta al College of New Jersey fundado en 1756 sobre un solar no demasiado grande que se extendía a lo largo de la calle principal de la pequeña ciudad de Princeton, solar donde se levantó el Nassau Hall. Este venerable y un tanto rígido edificio es hoy el centro de la institución que desde 1896 se llama Universidad de Princeton. No sólo, pero sobre todo gracias a Princeton, las universidades vienen considerándose desde el siglo XIX complejos de edificios independientes, dispersos en un campo abierto y conectados entre sí: una organización muy distinta al modo en que se habían concebido hasta entonces, basado en la imagen de un monasterio medieval.

El modelo ‘campus universitario’ se ha alterado mil veces. En el siglo XX fue adoptado con frecuencia, especialmente en la década de 1960, cuando ejemplos como el proyecto nunca realizado de J. B. Bakema para la Universität Bochum (1962) o la famosa Freie Universität Berlin de Candilis, Josic & Woods (1963-1973) dieron cumplida cuenta del modelo, señalando también sus límites.

Con la UTEC, Grafton Architects han conseguido dar a esas ideas una nueva vida, traduciéndolas en la forma de una especie de ‘castillo en el aire’ realmente construido. Con ello, las arquitectas han dado carpetazo definitivo al cientificismo pseudocibernético de los años 1960; su referencia está en otro tipo de megaestructuras, como el Colegio del Colle (1962-66), de Giancarlo de Carlo, levantado a las afueras Urbino, como si saludara desde lo lejos a la ciudad.

Giancarlo de Carlo, Collegio del Colle (1962-1966)

En la gran ciudad

El camino desde el aeropuerto de Lima hasta la UTEC dura aproximadamente una hora, y esto es poco considerando lo que suele tardarse cuando uno queda atrapado por la gran congestión de la megalópolis. Afortunadamente, los taxistas conocen caminos secretos, bordes en los cuales el crudo metabolismo de la gran ciudad llega a tocarle a uno. Como puede apreciarse en casi todo Perú, la mayoría de las casas, sacudidas por el intenso tráfico, parecen como si no fueran habitables: un rotundo fracaso exigido por la necesidad de dar cobijo a más de doce millones de personas.

Lima parece una ciudad en descomposición. Miles de esqueletos de hormigón, de hasta diez o quince plantas de altura, apenas quedan rellenos con ladrillos o bloques de cemento. Rodeados de tráfico, los edificios están ennegrecidos, y el resultado es que gran parte de la metrópoli parece una inmensa obra en construcción abandonada. Entremedias aparecen los toques de color de las piezas de las fachadas terminadas o de las puertas de azul intenso, amarillo o verde: una celebración de la muerte y de la resurrección de la civilización urbana.

Los barrios ‘mejores’ son, por su parte, una celebración del producto arquitectónico acabado. No se trata de un fenómeno local: como en todas partes en América, en Lima también se frecuentan el design-chic, el hispanismo nostálgico y el historicismo más o menos refinado, con ejemplos que evidencian la existencia de una lengua franca más trivial: la que conforman las estaciones de servicio, los establecimientos de comida rápida, los cuidados hospitales privados o las torres residenciales minimalistas para ricos y famosos, como ocurre, por ejemplo, en el barrio de Miraflores. Situado en mitad de este contexto, el edificio para la UTEC da cuenta a su manera del pathos del lugar, pero lo hace con unas dimensiones que multiplican en muchas veces las de los edificios individuales que lo rodean.

Con todo, el complejo no parece desentonar ni ir más allá de los edificios de su entorno: es precisamente la apariencia inacabada de la megaestructura en forma de andamio —conformada por inmensos pilares y vigas de hormigón armado y por las células colgadas de ellos— la que resulta atractiva cuando se mira el edificio desde lejos. Podría pensarse, de hecho, en la estructura de un estadio de fútbol ciclópeo y fragmentado, o en los machones internos de refuerzo de una presa. Como un marco colosal no premeditado (en los años 1950 esta misma idea se expresaba acudiendo a la metáfora de la ‘estantería’), el campus vertical se levanta en el borde de un sistema de viaductos que conectan el centro de la ciudad con la cercana autopista que discurre a lo largo de la costa del Pacífico.

Un campus entre nubes

Hay, por supuesto, precedentes para esta idea del ‘campus vertical’. Asentadas en Dublín, Grafton Architects llevan, sin embargo, en la sangre la tradición de los puentes, pasarelas y pórticos levantados del suelo con los que los arquitectos reformistas británicos de los años 1950 trataron de dar carácter a un «concepto ampliado de vivienda», con el propósito de hacer frente a la monotonía de las viviendas obreras de la época. Yvonne Farrell y Shelley McNamara conocen el famoso proyecto de Alison y Peter Smithson para el Golden Lane Quartier (1952) destruido en Londres durante la ii Guerra Mundial; un proyecto en cuyas imágenes aparecían representados personajes del cine de posguerra (Marilyn Monroe, Gérard Philippe, etcétera), y cuyo objetivo era hacer habitables lo que llamaron ‘Streets in the Air’ (calles en el aire), combinando así la arquitectura con la vida cotidiana.

Alison y Peter Smithson, Golden Lane Quartier (1952)

La idea de llevar las escaleras y los corredores a un espacio exterior sin protección fue uno de los medios con los que, en el siglo XIX, se buscó mejorar la rentabilidad de los edificios al tiempo que se permitía a la policía controlar los movimientos por el interior de los inmuebles. El ‘Principio de Escalera Abierta’ aplicado en las viviendas sociales del Reino Unido, y desarrollado desde mediados de ese mismo siglo, no sólo permitía el control social, sino también el higiénico, en especial el de la ventilación y, por tanto, la protección contra las epidemias. Esto explica en parte por qué lo que antaño fue un instrumento de explotación puede llegar a transformarse, en otros contextos, en un elemento para la cohesión social y la solidaridad. Las ‘corredores’, los ‘cobertizos’ estigmatizados socialmente, pasaron, a largo plazo, a ser una metáfora arquitectónica de la idea de emancipación.

El funcionalismo de los años 1920, con su carácter social, recuperó el modelo, que siguió asociado a la vivienda humilde. Después llegó la ii Guerra Mundial, y, tras ella, la resurrección del esquema de la street in the air, del que dan cuenta, por ejemplo, los grandes complejos levantados en los suburbios por el London County Council (LCC). En ellos, la historia pareció repetirse bajo otras circunstancias. La decadencia de los Robin Hood Gardens en Londres, el único gran complejo de viviendas construido por Alison y Peter Smithson (1966-72) y ahora en proceso de demolición, comenzó con la vandalización de las escaleras abiertas y los corredores.


Con sus apilamientos, espacios aterrazados y estética rotunda, el edificio evoca la utopía de las 'calles en el aire' planteada por Alison y Peter Smithson en sus megaestructuras sociales de la década de 1950.

En este mismo sentido, resulta un síntoma bien triste el hecho de que la extensa red de pasillos, escaleras y corredores al aire libre de los heroicos complejos de viviendas de Borja o Villa Portales en Santiago de Chile, así como los de San Felipe en la misma Lima, hayan estado acordonados durante años porque la promesa de apertura arquitectónica se había convertido en una amenaza para la vida y los bienes de sus habitantes.

Pruebas de laboratorio

Teniendo en cuenta estos precedentes, construir ahora un edificio basado en la idea de la ‘street in the air’, ¿puede considerarse una suerte de triunfo retrospectivo? En verdad, las pasarelas voladas y los jardines colgantes de la UTEC son fundamentalmente extrapolaciones de los ‘muelles peatonales’ de los proyectos de los Smithson o del Greater London Council. Pero es obvio que las universidades, los teatros o los museos o incluso edificios inteligentes de la City londinense como el Economist Building Group resultan ser más aptos para experimentar con el tema de la ‘conectividad’ que las viviendas sociales, donde el pensamiento utópico queda por fuerza limitado. Esto se demuestra bien en los famosos proyectos del PREVI (Proyectos Experimentales de Vivienda) en Lima (en los que, entre 1968 y 1974, participaron arquitectos como James Stirling, Fumihiko Maki, Aldo van Eyck, Charles Correa o Atelier 5) o en los bloques de apartamentos del Callao, inspirados por su parte en el Habitat de Montreal.

Pero el hecho de que el pensamiento utópico esté tan seguro de sí mismo en el espacio protegido de la cultura no significa que el principio de realidad no acabe, a la postre, reclamando sus derechos. ¿No ocurrirá quizá tal cosa cuando se ejecute la segunda fase del inmenso complejo de la UTEC? El vestíbulo de acceso, de varias plantas de altura, que da la bienvenida al visitante y conduce a las escaleras, tiene el carácter democrático de un ayuntamiento o un edificio similar abierto al público, pero este carácter queda al cabo anulado por las rejas que custodian el acceso. Además, el ruido del tráfico capturado por la estructura de hormigón es mayor cuanto más alto se esté en el edificio, hasta resultar ensordecedor. Y la brisa fresca que sopla desde el Pacífico (las arquitectas ven el edificio como un tributo al clima de la ciudad) acaban teniendo, durante la noche, la fuerza de una tormenta.

Así y todo, este esfuerzo de pensamiento constructivo, llevado a cabo con una audaz estructura de hormigón armado, no sólo es valiente, sino que expresa su valentía de una manera gráfica: en el sutil claroscuro que conforma el alzado del edificio y que recuerda la magia de los paisajes de nubes pintados por Gainsborough.


Stanislaus von Moos es historiador de la arquitectura y catedrático emérito en la ETH Zúrich.