
La región de Nueva Inglaterra se sitúa en las tierras altas de los Apalaches, en la costa atlántica de Estados Unidos: un territorio dividido por el río Connecticut y salpicado de lagos, montañas, pantanos y playas de arena; suaves paisajes de bosques y abundante agua. En él, el asentamiento de los fundadores puritanos y demás colonos británicos a principios del siglo XVII estableció la directriz política y espiritual que guiaría su desarrollo. Los Boston Men, provenientes de los condados orientales de la vieja Inglaterra, se apropiaron enseguida del nombre de la ciudad.
Siglo y medio después, este vasto espacio geográfico se estructuraría en seis estados: Connecticut, Maine, Massachusetts, Nuevo Hampshire, Rhode Island y Vermont. La cultura y la economía de la región se concentraron en dos enclaves próximos que ejercieron su influencia en el resto del país: Concord como polo cultural y Lowell como polo industrial. Buen ejemplo del aprovechamiento de la riqueza natural fue la construcción del canal de Middlesex a finales del XVIII —uno de los primeros de su tipo en los Estados Unidos— para el abastecimiento de materias primas. Además de ser campo de pruebas para la ingeniería civil, serviría de modelo para el canal de Erie.
Boston era su puerto. Asentada en una península, ofrecía el mejor abrigo de toda la costa del Atlántico Norte, desde la desembocadura del río San Lorenzo hasta la del Hudson en Nueva York. La infraestructura hizo la ciudad: su ubicación estratégica la situaba como el principal punto de conexión con Europa. Boston creció en torno al Common, en su origen unos pastos públicos para el ganado que con el tiempo se convirtieron en espacio de uso compartido y modelo de colaboración ciudadana. Más adelante, ya transformado en parque, el Common acogería las residencias distinguidas de industriales, navieros, comerciantes y financieros. A medida que el crecimiento urbano precisaba más suelo, el relleno de terrenos portuarios fue permitiendo la creación de barrios.
En el ideario de la élite bostoniana, las actividades comerciales solo resultaban morales si con ellas se podía contribuir a impulsar iniciativas culturales. Así, la clase alta de Boston pasó a controlar desde las bellas artes hasta el sistema educativo, y costeó las construcciones más representativas. Nueva Inglaterra todavía evidencia esta combinación entre cultura y negocios: alberga las instituciones académicas más prestigiosas, como las universidades de Harvard, Yale, Brown y el Instituto de Tecnología de Massachusetts, amén de numerosos museos, bibliotecas, ateneos y círculos literarios. Tampoco se puede entender la región sin su vinculación literaria: sus lugares y sus gentes quedaron inmortalizados por la pluma de autores como Henry David Thoreau, Herman Melville, Louisa May Alcott, Mark Twain, Henry James o Jack Kerouac.
Con este segundo volumen de la serie Paisajes de Metrópolis —que sucede a los diez títulos anteriores de Ingeniería Civil y a los otros tantos de Grandes Ciudades— prosigue la colosal aventura editorial de Miguel Aguiló, esta vez en torno a la construcción territorial y la historia urbana, con especial protagonismo de las obras públicas y su impacto en la sociedad.