Los robots llevan tiempo con nosotros, pero sólo ahora se perciben como una amenaza planetaria. La fascinación por los autómatas, desde Herón de Alejandría o Al Jazarí hasta los organismos mecánicos manieristas o el pato de Vaucanson, ha discurrido en paralelo a su perfil inquietante, que está ya en el Golem del rabino de Praga o en el Hombre de Palo de Juanelo Turriano. Sin embargo, sólo el siglo XX de Karel Capek, Isaac Asimov o Ridley Scott explora la dimensión ética y el riesgo revolucionario de la población robótica, y sólo el siglo XXI de la automatización de la economía y del uso militar de las máquinas inteligentes presenta la robotización como un desafío descomunal. Hace algo más de cien años, el ajedrecista de Leonardo Torres Quevedo era una curiosidad científica y un logro matemático y mecánico; hoy, cuando los programas de ordenador derrotan a los grandes maestros, los brazos robóticos reemplazan a los obreros de las fábricas y los drones sustituyen con ventaja a los pilotos de combate, la automatización aparece como un tsunami que nos arrastra sin remedio.

Si el coche autónomo se desplaza de forma más segura y eficaz, si los robots médicos diagnostican y operan con mayor precisión, y si la producción de manufacturas o alimentos se automatiza para hacerla más barata y fiable, oponerse a la robotización parece una pugna tan perdida de antemano como la de los luditas que a principios del siglo XIX intentaron impedir la introducción generalizada de las máquinas de vapor. Sin embargo, la destrucción de empleo generada por la automatización y la ansiedad provocada por la extensión a la vida cotidiana de la inteligencia artificial, el big data y el internet de las cosas dará alas al incipiente movimiento antirobotización, heredero de las corrientes antiglobalización del tránsito de siglo. Las revoluciones tecnológicas no se hacen sin víctimas, y la ‘destrucción creativa’ de grandes áreas de la economía deja tras de sí un paisaje devastado de exclusión y resentimiento que hoy el populismo moviliza contra los inmigrantes en defensa de la identidad, y en el futuro lo hará contra los robots en defensa de la humanidad.

En el terreno de la construcción y la arquitectura, la robotización ya ha transitado de los laboratorios universitarios a la fábrica y el solar, y la automatización de muchas tareas de diseño está transformando el entorno laboral de los arquitectos, una profesión que no está blindada frente a la redundancia tecnológica. El proyecto se ha desplazado del CAD al BIM, digitalizando el diseño tanto como la fabricación y la construcción, y creando un sistema de coordinación exhaustiva de la información que algunos deploran por su exclusión del ‘factor humano’ que tanto origina errores como permite pentimentos. Las cadenas de montaje de automóviles que fotografía Stéphane Couturier se automatizaron hace décadas, y es sólo ahora cuando se reclama que los robots coticen como empleados para pagar las jubilaciones de los trabajadores; los brazos mecánicos de Gramazio


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