Sostenibilidad  Opinión 

Naturaleza o cultura

Contra el determinismo medioambiental

Felipe Fernández-Armesto 
31/12/2016


Shibam, Yemen

El medioambiente siempre forma parte de la cultura, condicionando las respuestas de la gente, limitando su potencial o estimulando su creatividad. Parece razonable suponer que, en los inicios de la divergencia cultural, la adaptación al entorno fuera el principal incentivo para la creatividad, conforme las culturas humanas fueron abandonando sus primeros asentamientos para colonizar otros ecosistemas que les resultaban extraños. Sin embargo, no hay una correspodencia directa entre cultura y medioambiente.

Años atrás, cuando trabajaba como profesor de historia ambiental en la Universidad de Londres, me atreví con un gran experimento: traté de imaginar cómo sería la historia del mundo si la analizáramos ambientalmente, bioma a bioma en vez de civilización a civilización, región a región o país a país, como normalmente hacen los historiadores. Me sorprendió especialmente descubrir que cuando varias comunidades ocupan entornos idénticos o casi idénticos, cada una responde de forma completamente distinta, diseñando soluciones diferentes a los mismos problemas, pese a contar con los mismos recursos, el mismo clima, la misma topografía, la misma hidrografía, las mismas enfermedades o la misma tierra de cultivo.

En los terrenos baldíos de Fezán, en el desierto del Sáhara, los antiguos garamantes construyeron ciudades y canales subterráneos, mientras que los dawada crearon oasis en la superficie y se alimentaban del plancton que sacaban del agua. En la Groelandia medieval, los colonos vikingos pusieron en marcha un atrevido —y a la postre inútil— proyecto para modificar el entorno y poder así establecer granjas, mientras que en Thule seguían con la caza y recolección tradicionales. En las selvas mesoamericanas, los mayas de las ciudades y los del campo vivían sus vidas de formas no sólo diferentes, sino contradictorias.

Esos ejemplos pueden multiplicarse hasta el infinito si prestamos atención a las enseñanzas de la vida moderna. Los granjeros de ascendencia alemana en Freiburg, Pennsylvania, han heredado un modo de vida completamente distinto al de sus vecinos yanquis con los que comparten un mismo terreno y un mismo ecosistema, separados apenas por unas pocas millas. En el Alto Amazonas, los jíbaros protegen su forma de vida tradicional manteniendo alejados a los extraños con una violencia feroz, mientras que los nukak evitan cualquier conflicto rehuyendo el contacto. En todas las grandes ciudades modernas de Occidente se puede encontrar a gente que ha trasladado sus hábitos tradicionales de vida desde un entorno distinto sin apenas tener que modificarlos y, así, se puede pasar de Little China a Little Italy con solo cruzar de acera. Las fronteras políticas, con sus respectivas instituciones y costumbres, dividen lo que no deja de ser un mismo desierto, bosque, valle o cordillera. Eso no significa que las culturas no reciban influencia alguna de su entorno físico o de los ecosistemas de los que forman parte. Sin embargo, no hay motivos suficientes para darle una importancia mayor al medio ambiente y convertirlo en el determinante por excelencia. La cultura y el medioambiente interactúan modificándose entre sí.

Este texto es un extracto de Un pie en el río. Sobre el cambio y los límites de la evolución (Turner, 2016).


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