Autorretrato del artista joven

Bjarke Ingels 
31/01/2019


Bjarke Ingels está exultante. Su hijo Darwin ha cumplido una semana, y tanto él como su madre, la arquitecta española Ruth Otero, protagonizan el archivo fotográfico de su móvil y la felicidad desbordante de su recién estrenada paternidad. El niño ha nacido en Barcelona, donde la pareja reside de forma intermitente desde hace más de un año, y es allí donde nos encontramos, compartiendo una botifarra amb seques en las Cuines Santa Caterina, bajo las bóvedas polícromas y frutales de Enric Miralles, una figura añorada cuya influencia inevitablemente evocaremos en la conversación.

Aunque hablamos en inglés, Bjarke posee un excelente castellano, que emplea con sus suegros y con algunos de sus clientes locales, y en casa ha asumido el compromiso de usar el danés con el bebé, a fin de que crezca dominando tres idiomas. La relación del líder de BIG con España se inició hace un cuarto de siglo, y ahora se ha reforzado tanto por sus vínculos familiares como por la obtención de tres grandes proyectos urbanos en Barcelona, lo que le ha animado a construirse una casa en la ciudad.

Bjarke tiene en Copenhague una casa-barco, un antiguo ferry de coches transformado en vivienda desde el que puede ver el sol salir sobre la central eléctrica de Copenhill y ponerse sobre el palacio de la reina —«flotando entre el pasado y el futuro de la ciudad»—, y en Nueva York un formidable ático, pero pasó su infancia en una casa con jardín, y eso es precisamente lo que espera materializar sobre el terreno que ha comprado en la ladera de Montjuic, bajo la Fundación Miró y en una zona donde se ha legalizado el existente asentamiento informal...


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