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The Terragni of Eisenman

Sanford Kwinter 
30/04/2004


El filósofo Abraham Heschel solía recordarnos «sabemos qué hacer con el espacio, pero no sabemos qué hacer con el tiempo». El tiempo es un sarcarsmo que nos arrebata todo aquello que, en nuestro pánico vital, intentamos depositar en el espacio. Quizás el espacio y el mundo de las ‘cosas’ no sea sino una máscara, un mecanismo de defensa para esconder la realidad y escondernos a su vez de ella. Heschel señaló que la palabra ‘cosa’ no tenía equivalente en el hebreo antiguo, y que el término davar (habitualmente traducido como ‘palabra’ o ‘cosa’) en la época del Antiguo Testamento denotaba únicamente el acto de hablar y, por extensión, la exposición de razones y causas. La razón de todo esto es que en el mundo hebreo antiguo la realidad era dinámica, no estaba relacionada con la materia sino más bien con los hechos, lo que indudablemente deriva de la cosmogonía y la teoría de la naturaleza hebraica: recordemos cómo creó Yahvé el mundo. Los historiadores de la filosofía han señala do hace tiempo que, en hebreo, las palabras causan efectos y provocan acontecimientos; mientras que para los griegos las palabras simplemente ‘son’. Por extensión, el mundo griego era un mundo estático, envuelto en el logos: la tarea de la filosofía y el arte consistía en describir el ser de los seres —en su inmutabilidad y finalidad—; de la acumulación y reorganización del logos resultó el anquilosamiento que conocemos bajo el nombre de Clasicismo... [+]


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