La voracidad inmobiliaria ha ido acabando con los paisajes tradicionales para dejar paso a esos territorios anónimos donde hoy crecen buena parte de las ciudades. El fenómeno se da por doquier, pero resulta más visible en las zonas ‘suburbanas’, esos terrains vagues que, sin tener carácter —o precisamente por ello—, se pueden reprogramar a poco que sepa leerse la historia ecológica del enclave. En el caso de esta casa en Molina de Segura, el paisaje recuperado, siquiera sea a modo de muestra, es el tradicional, construido por las venas irregulares de las ramblas y por la vegetación y la fauna cambiantes y ricas del Mediterráneo. Laureles, lentiscos, palmitos, insectos, pájaros y reptiles colonizan una suerte de impluvium ecológico surtido por un cumpluvium delicademente dislocado que capta y distribuye el agua de lluvia. La disposición elíptica en torno al impluvio favorece la exposición al sol, en tanto que las crujías estrechas y abiertas al paisaje hacen posible la ventilación natural. En el interior, un banco perimetral de fresco mármol da testimonio de los poderes de la inercia térmica...[+]