Casa y estudio de Wigglesworth y Till, Londres
Jeremy Till  Sarah Wigglesworth 

Casa y estudio de Wigglesworth y Till, Londres

Jeremy Till  Sarah Wigglesworth 


Mariano Vázquez

Sarah y Jeremy necesitaban casa y también oficina. En el norte de Londres encontraron un solar a un precio conveniente en el mercado de desperdicios de suelo a que dio lugar la privatización de los Ferrocarriles Británicos. Dispuestos a realizar sus sueños y tras conseguir crédito del fondo de inversión Ecology Building Society, dirigieron y coordinaron, durante más de dos años, a un variopinto grupo de profesionales, proveedores y amigos, viviendo una buena parte de ellos a pie de obra, en una caravana. Al resultado lo bautizaron Casa de Paja.

El lugar, prácticamente un rectángulo de buena proporción, está enclavado en una urbanización victoriana en declive y limita con las vías del ferrocarril. Sobre él han emergido casi 500 metros cuadrados de superficie construida (a razón de unos 0,6 metros cuadrados por cada metro cuadrado de solar), tras invertir unos 782 euros

(130.000 pesetas) por metro cuadrado. En el mercado, el nuevo inmueble se valoró en un millón de libras esterlinas, de suerte que el dinero se ha revalorizado un jugoso 75%.

Frente a la compacidad de sus vecinas, la Casa de Paja se extiende en forma de L por el solar, dejando abierta buena parte de la planta baja y rellenando algo de cielo con una torre de cinco plantas, nuevo hito público para el barrio a la vez que biblioteca y balcón panorámico privados. Frente al previsible orden de las fábricas de ladrillo pardo colindantes, la Casa de Paja ofrece un conjunto de soluciones insólitas, ya sea por su antigüedad, por su novedad o por su carácter inquietante.

El nombre le viene, de forma obvia, del uso de balas de paja como aislante en los muros menos soleados de las habitaciones. Pero los conceptos de la construcción con fibra vegetal —tan importantes en el nacimiento de la ingeniería renacentista—están presentes por todas partes: en la verja y la cancela de la entrada; en los gaviones de malla galvanizada que sustentan la oficina, rellenos de cascotes de hormigón reciclado de las antiguas cimentaciones; o en la fábrica de sacos rellenos con mortero bastardo de cal y cemento que defiende el conjunto de los ruidos ferroviarios. Técnicas, estas dos últimas, nacidas de la urgencia, del manejo del tiempo escaso, en las guerras religiosas del siglo XVI y en las guerras económicas del siglo XX, respectivamente.

Haciendo honor al nombre de la entidad financiera, el edificio cuenta con un repertorio apropiado de artefactos verdes: paneles solares térmicos, aljibes, WC seco con cámara de compostaje, una amplia superficie de vidrio colector en la fachada suroeste, cocina de gas, despensa refrescada por ventilación pasiva, cubierta verde con fresas y plantas oportunistas...

El muy alto grado de aislamiento térmico de techos, paredes y suelos, junto a la captación solar, reduce a unas pocas semanas el uso de la estufa de leña. El tibio verano londinense exige, en contrapartida, una fuerte refrigeración por haber renunciado a la protección solar de la fachada, que esa latitud hubiera querido de generosas dimensiones; pero la torre cumple el papel de chimenea solar, así que tampoco hay aire acondicionado. Las persianas todavía están por instalar: las aletas de la estructura metálica que sobresalen de la fachada ofrecen interesantes oportunidades.

El diseño del ciclo de agua carece de ambición: los aljibes, dimensionados para suministrar 16 litros por día, parecen insuficientes para satisfacer siquiera la demanda de agua limpia no potable. Pero no hay que subestimar la renuncia a uno de los artefactos más contaminantes de la Revolución Industrial, el water closet, que a través de la dilución, la dispersión y la mezcla convierte en tarea muy difícil el aprovechamiento de nuestras heces, como ha explicado por activa y por pasiva Ramón Margalef, nuestro ecólogo más internacional.

Puestos con precisión, junto a todo lo anterior, abundan los materiales intensivos en consumo de energía: paneles de acero o de aluminio, policarbonato, fibra de vidrio recubierta de silicona, pinturas, láminas impermeabilizantes, sellantes y masillas de todo tipo. Si, como propuso Eloy Algorri hace ya dos décadas, entendemos por construcción vernácula la arquitectura de lo disponible, la aplicación del principio de combinar de nuevo lo ya existente, no hay duda: la Casa de Paja es un ejemplo vernáculo muy moderno.

Tradición vigorosa
Se trata de un caso que sobresale de la escuadra de la arquitectura verde a la manera de Robert y Brenda Vale. Para entenderla, yo la sitúo en la tradición de lo construido por la persona que se cobija a sí misma (con o sin ayuda de profesionales), que en el XIX tan bien ejemplificó Thoreau con su cabaña en Walden, pero cuya primera teoría debemos a Vitruvio. Y se trata de una tradición muy vigorosa ahora, a principios del XXI, como atestiguan varios ejemplos: la ya consolidada construcción con balas de paja en Estados Unidos, representada por arquitectos como Bruce King o autocontructores como el grupo Neoanderthal; la incipiente corriente irlandesa, muy crítica con el manierismo del greenwash, con investigadores como Tom Woolley o constructores como Barbara Jones, quien precisamente lleva en su haber decenas de casas de paja; o aquí mismo en España, la serie de magníficas casas que ha ayudado a construir Iñaki Urquía —incluida una casa de paja en Alicante—, las casas del movimiento neorural en la Vera de Cáceres, o la propia casa de Margarita Luxán. Aquello que resulta especialmente emocionante en estos ejemplos surge, de manera espontánea, de la firme voluntad de los futuros moradores por asegurarse un buen lugar para una buena vida (lo que obliga a repensar los hábitos normales), a la vez que despenalizan las labores necesarias para construirlo.

Los arquitectos que trabajon para Sarah y Jeremy, Wigglesworth Arquitects, sin duda aportaron sus ideas y saberes. Y resulta muy difícil deslindar los méritos de unos y de otros, atribuirles el ‘grano’ o la ‘paja’. Sin embargo, a riesgo de equivocarme, me atrevería a culpar a los arquitectos de los puntos más débiles del edificio: la gran superficie en relación al volumen, el infradimensionado de alguno de los sistemas pasivos, la falta de preocupación por la durabilidad de los metales o por la transpiración en el muro de paja y en la fachada envuelta en fibra de vidrio.

Coincido plenamente con Wigglesworth en desdeñar los adjetivos verde o sostenible: de hecho, en un planeta mediano como la Tierra, que tan sólo recibe del exterior energía útil del Sol, las actividades humanas son sencillamente limpias o sucias. La teoría de la industria limpia es simple: recircular materiales recombinándolos mediante máquinas solares. Como casi nunca se puede aspirar a una industria inmaculada, la suciedad producida puede diluirse en el tiempo si la obra se quiere eterna y, además, se consigue que lo sea. No es casualidad que entre las prioridades de la Ecology Building Society figure la rehabilitación de lo construido. Habrá que ver como aguanta los embates del tiempo la Casa de Paja, aunque hay esperanza: allí donde Wigglesworth y Till pudieran haberse equivocado, acudirán prestos e ilusionados Sarah y Jeremy...[+]


Obra
Casa y estudio en el barrio de Islington, Londres. 

Cliente
Sarah Wigglesworth y Jeremy Till. 

Arquitectos
Sarah Wigglesworth y Jeremy Till. 

Colaboradores
Gillian Horn, Michael Richard; Price Myers (estructura); Paul Gillieron (acústica); Elemental Solutions (agua); Abbot (suministro de balas de paja). 

Contratista
Koya. 

Fotos
Paul Smoothy.