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Serpentine Pavilion 2016

La cueva de Ingels

31/08/2016


Nacido en 2000, el proyecto Serpentine se asoció desde el principio a una visión artística de la arquitectura, una visión en la que el uso —en este caso el dudoso uso de un pabelloncito de verano— se entendía como un mero desencadenante de edificios efímeros, folies que pretendían ser a un tiempo innovadoras y populares. Visto con perspectiva, puede decirse que el proyecto ha cumplido con creces su propósito, por mucho que los pabellones resultantes fueran en ocasiones poco innovadores, banales o incluso banalmente innovadores, y que el evento se haya convertido en un modo más de promocionar la carrera de arquitectos emergentes o consagrados. Nadie sabe decir muy bien si Bjarke Ingels es un arquitecto emergente o consagrado (y este equívoco sigue, por supuesto, jugando a su favor), pero su nombre forma parte ya de la nómina exclusiva de arquitectos ‘serpentinizados’. Inaugurado el 10 de junio en los Kensington Gardens, su artefacto —que podrá visitarse hasta el 9 de octubre— consiste en una pared parabólica que se retuerce para configurar un espacio interior de tintes cavernosos, construido con módulos huecos de fibra de vidrio apilados de tal manera, que parecen desafiar a la gravedad. Con su habitual facundia, Ingels describe su artefacto, al modo dialéctico, como algo que es a la vez «libre y riguroso, modular y escultórico, transparente y opaco, sólido y permeable», aunque quizá hubiera sido más sencillo definirlo con un único adjetivo: espectacular.


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