Opinión 

El sueño del Paraíso

El sueño del Paraíso


Si la educación comienza cuando el hombre se entrega a recordar su Paraíso perdido; si, según Northrop Frye, «ya desde los tiempos de Milton, estructurar el sueño del Paraíso perdido sigue siendo la definición de la educación», la Casa que Frank Lloyd Wright nos propone en sus obras puede entenderse, al menos metafóricamente, como un mágico instrumento, un mandala, para alcanzar tan utópico sueño. Las casas Robie y la de la Cascada, Taliesin Oeste, las oficinas Johnson, el Guggenheim o el rascacielos Illinois, con su milla de altura —tanto si son edificios grandes o pequeños, si están realizados en el más umbrío bosque o en el más abrasador desierto—, son, declaro, instrumentos para transformar la realidad en un espléndido y recuperado Paraíso: una Naturaleza siempre risueña y amable, de la que, por nuestra culpa, habíamos sido expulsados y a la que de nuevo somos reintegrados merced al poder de transformación de la arquitectura. Hablo en metáfora, repito. Pero la realidad del mundo que nos circunda no es tan paradisiaca.

Ya lo dice Italo Calvino como epílogo de sus maravillosas Ciudades invisibles: «El infierno de los vivos no es algo que será: hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras, no obstante, hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda» —concreta Calvino— «es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuo: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerle durar, y darle espacio...»

Yo quiero entender que Frank Lloyd Wright, con su obra, adopta entusiásticamente esta segunda vía, instaurando de nuevo al hombre, mediante la arquitectura, en la Naturaleza, aquel recuperado Jardín.

Obra singular y heroica la de Frank Lloyd Wright, que si desde una posición podemos entenderla como avanzada de la modernidad y precursora del Movimiento Moderno —que luego continuarán Terragni, Mies o Corbu—, desde otro ángulo, y mirando a un pasado histórico, queremos entenderla continuadora del gran espíritu vitalista de Leonardo: el mismo pálpito orgánico alienta a ambos geniales maestros.

Cuando Frank Lloyd Wright escribe en 1910 el prefacio para la edición Wasmuth, presentando en Europa su fecunda obra, finaliza con estas palabras: «La oportunidad de la Norteamérica moderna es, pues, hacer del lugar habitable una obra de arte total —expresiva y bella en sí misma, y más íntimamente relacionada con la vida que cualquier pieza aislada de escultura o pintura— que se preste libre y adecuadamente a satisfacer las necesidades de sus moradores; una entidad armoniosa que se adapte en color, trazado y naturaleza a las funciones y que sea en realidad una expresión de su carácter. Una vez establecido, esto se convertirá en una tradición...»

Así, a través de la cultura y por medio de la arquitectura, el hombre estructura de nuevo el sueño del Paraíso perdido, definición, como dijimos, de la verdadera educación. 


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