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Babeles invisibles, los inventarios del mundo de Italo Calvino

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Babeles invisibles, los inventarios del mundo de Italo Calvino

Eduardo Prieto 
15/10/2023


Zobeida. Imágen © Karina Puente Frantzen

Hay escritores del tiempo, como Proust, Joyce, Valéry o Borges, y hay escritores del espacio, como Ariosto, Zola, Faulkner o Benet. Si unos transforman la duración y la memoria en sustancia literaria, otros componen libros a partir de los lugares que vivimos y soñamos. Aunque siga siendo difícil clasificar a Italo Calvino, su talento verbal no se entendería sin el gusto por las descripciones morosas de los sitios banales, sin la voluntad de desvelar, a través de la escritura, los ambientes que nos moldean. Esto hace de él un escritor del espacio.

Pero, ¿de qué tipo de espacio? Para un anatomista de la realidad como Calvino, el espacio no es la sustancia abstracta de los científicos, sino el entorno concreto, material, en el que vivimos y somos: la “cristalografía de la civilización”, como gustaba llamarla. De ahí que, en Calvino, el interés por el espacio se tradujera desde el principio en el amor por la ciudad, el artefacto que da forma al hombre moderno desde la cuna hasta la sepultura.

Desde hace dos siglos, los escritores han hecho de la ciudad un poderoso tema literario. Primero la trataron como escenario de los avatares sociales; después la convirtieron en protagonista de las novelas. Para Calvino, la ciudad es otra cosa más sencilla y más compleja: el sustrato de la vida en común, el lugar de la memoria y los deseos, el ámbito cotidiano que contiene los mayores secretos y produce las mayores extrañezas. Es la inagotable cantera de materiales humanos que el verdadero literato debe ver y registrar: un inventario del mundo.

El tema de la ciudad está presente ya en dos relatos tempranos de Calvino, La nube de smog y Marcovaldo. La primera es una suerte de fábula ecologista escrita antes de que se hablara de ecologismo, y convierte la contaminación en símbolo de nuestra dificultad para vivir en las ciudades. Marcovaldo desarrolla el mismo tema a través de un cándido protagonista que utiliza la urbe como observatorio de la naturaleza —el sol, el cielo, la fauna pequeña de un parque— y asiste, con un trasfondo de melancolía pero sin rendirse, a injusticias de toda laya, como que la ciudad de las especulaciones inmobiliarias acabe devorando a la underground, esa “ciudad de los gatos” que es también el espacio vital de muchos humanos.

Todo esto para decir que, en Calvino, el amor por la ciudad se confunde con la constatación del fracaso del mundo moderno, territorio inhóspito en el que —como denunciaba el escritor— las urbes se han vuelto megalópolis continuas donde todos quedamos confinados, absorbidos. Si la angustia de la ciudad llevó a Calvino a buscar, sin descanso, buenos lugares donde vivir —Turín, Nueva York, París—, también le hizo componer, tal vez como compensación del desencanto, la trama verbal de su gran obra, Las ciudades invisibles, suma de viajes ficticios que evoca El libro de las maravillas de Marco Polo. Sus páginas contienen la descripción de cincuenta y cinco ciudades con nombre de mujer, cada una de ellas con una sublime peculiaridad y agrupadas mediante conceptos como la memoria, el deseo, los signos, los intercambios, el nombre, el cielo, los muertos. Aunque Las ciudades invisibles tengan vocación de intemporalidad, no son un ejercicio de escapismo: bajo el ropaje exótico, hablan de cualquier ciudad, incluso de las que hemos terminado aborreciendo.

Las ciudades invisibles sostienen buena parte de la fama literaria de Calvino, y es justo que sea así. Pero, hablando de lo urbano, conviene recordar que el proyecto de este libro —hacer un inventario del mundo— tiene su complemento en un título menos celebrado pero no menos ambicioso, Palomar. Aquí el autor se esfuerza por hacer literatura solo mediante descripciones, y en este empeño convierte a su protagonista en un ojo infalible que se recrea en las realidades más nimias: la copa de los árboles desde una terraza, la panza de una salamanquesa, el vuelo de los estorninos, el ecosistema de los quesos de un escaparate, un gorila albino en el zoo. Es decir, las bellezas concretas de la ciudad, invisibles hasta que la palabra literaria las ilumina.

Calvino concedió una entrevista a la televisión italiana en 1974. Vivía entonces en París. La primera parte de la conversación tiene lugar en el ático del escritor y consiste en un ingenioso pero previsible intercambio dialéctico. La segunda resulta más inquietante, pues Calvino guía al entrevistador por el París de entonces hasta que ambos recalan en el inmenso solar de los recién demolidos Halles, donde habría de erigirse el Centro Pompidou. Con los pies manchados de polvo, Calvino intenta mantener el tipo, y cabe pensar que, incluso contemplando tal desolación (o acaso precisamente porque la contemplaba), era capaz de intuir una posible maravilla. ¿No había escrito, a fin de cuentas, que una ciudad infeliz puede contener, por un instante, una ciudad feliz; que las ciudades futuras ya están contenidas en las presentes como los insectos en las crisálidas?


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