Aprendizaje universal
Tres escuelas en África

Francis Kéré, Escuela de secundaria, Dano (Burkina Faso)
Aunque hoy se difunda la versión que aprobó la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1959, la Declaración de los Derechos del Niño bebe de un texto que aprobó la Sociedad de Naciones en Ginebra casi cuatro décadas antes, y que redactó la activista inglesa Eglantyne Jebb, fundadora de Save the Children. Su primer artículo era claro: «El niño debe recibir los medios necesarios para su normal desarrollo, tanto material como espiritualmente», y entendía la educación como el medio fundamental para lograr el bienestar no solo del individuo sino de toda la sociedad. Porque «educar es creer en la perfectibilidad humana», como resumiría Fernando Savater.
Este ideal universal hoy no puede reclamarse con mayor ímpetu que en África, un descomunal crisol de tierras y gentes que adolece de una profunda crisis educativa; especialmente en la región subsahariana, donde según la Unesco se encuentra un tercio de los niños sin escolarizar del mundo y se registran alarmantes tasas de absentismo y abandono estudiantil. La escuela —además de centro de formación, un refugio protector que hace a los pequeños menos vulnerables a situaciones difíciles en su entorno— afronta en el continente grandes desafíos en pos de un aprendizaje duradero y emancipador: desde desajustes sistémicos como una financiación inadecuada o currículos anticuados hasta las necesidades sobre el terreno que provoca la escasez de docentes, material e instalaciones.
Como arte de lo posible, la arquitectura debe contribuir a que la mejora cuantitativa de los centros educativos también sea cualitativa. Sin importar la falta de recursos, son muchos los profesionales en estos lugares —enteramente dedicados a la tarea tanto como voluntarios al margen de otras ocupaciones— que se esfuerzan por erigir entornos sólidos y seguros, bien adaptados a las tradiciones constructivas locales y a un contexto cada día más azotado por la crisis climática. La ausencia de equipos mecánicos para hacer frente al calor extremo aquí no es solo una buena intención medioambiental, sino un imperativo de economía y autosuficiencia, que hace que esta clase de trabajos acaben componiendo un nutrido catálogo de soluciones pasivas.
En esta línea, Arquitectura Viva presenta a continuación tres proyectos educativos en otros tantos países africanos, enfocados en llevar pedagogías innovadoras a comunidades en desarrollo en un proceso de diseño colectivo: la escuela Waldorf en Nairobi (Kenia), de Urko Sánchez, un arquitecto madrileño con más de veinte años de experiencia en el continente; el colegio Amadou Hampaté Bâ en Niamey (Níger), llevado a cabo por Article 25, la principal ONG de arquitectura humanitaria del Reino Unido; y la escuela Montessori Simba Vision en Ngabobo (Tanzania), de la asociación con sede en Dar es-Salam Architectural Pioneering Consultants en colaboración con el suizo Wolfgang Rossbauer.

Albert Faus, Escuela de secundaria, Youlou (Burkina Faso)