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Palacios de antiarquitectos

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Palacios de antiarquitectos

Javier Montes 
28/02/2010


«Mientras su casa se desploma y se sorprende ante los engranajes singulares/ Que busca su lecho con el corredor y la escalera /Hecha de dorsos de cisnes con un ala abierta para el pasamanos/ Gira sobre sí misma como si fuera a morderse/Pero se contenta con abrir bajo nuestros pasos todos sus escalones como gavetas/Gavetas de pan gavetas de vino gavetas de jabón gavetas de espejos gavetas de escaleras /Gavetas de carne con empuñaduras de cabellos». Así arrancaba el poema que André Breton dedicó al mítico cartero (y arquitecto autodidacta) Cheval: y uno sabe que la descripción es más realista que surrealista si tiene en mente el famoso Palais Idéal que construyó a finales del XIX en Hauterives, en lo más profundo de la Francia profunda.

Ferdinand Cheval levantó su palacio soñado durante más de veinte años, con la pura fuerza de sus manos, una carretilla y materiales de desecho. Obsesionó a los surrealistas que peregrinaron una y otra vez hasta él y hasta su mausoleo, que acabó en el mismo estilo (si no habría que hablar aquí de antiestilo) pocos meses antes de morir en 1924.

Con él empieza también la Guía de arquitectura insólita de Natalia Tubau. El palacio sigue siendo el ejemplo más conocido de un género que podría llamarse Arquitectura Brut, realizada por gente sin más conocimientos de arquitectura que los puramente intuitivos ni más método que el de la prueba y error, desarrollada según una inspiración secreta u obedeciendo a ordenanzas estrictas que sólo conocen sus autores. La hemos practicado todos alguna vez, siendo niños: en las catedrales de arena húmeda que construíamos en la playa, en las casas en el bosque o sobre los árboles que se escondían a la mirada de los mayores (incluso cuando las tenían delante: sólo para sus arquitectos saltaban a la vista las funciones y la distribución de las ramas torcidas y los tablones en equilibrio precario).

Algunos, de adultos, han ensayado esas visiones a escala habitable. A veces sólo por escrito: viendo en esta guía las catedrales de vajillas, los rascacielos de madera, los castillos de botellas, las mansiones de mazorcas de maíz, viene a la memoria otro palacio ideal que deslumbró a Breton: el que edificó con palabras Raymond Roussel en Locus Solus. Una novelaedificio iniciático, gruta de maravillas imposibles y sin embargo descritas con precisión delirante.

Porque al entrar en estos locus solus particulares y desafiantes pisamos las antípodas exactas de aquella ‘arquitectura sin arquitectos’que Bernard Rudofsky descubrió al mundo en su libro famoso. Las de Rudofsky eran formas colectivas, chocantes quizá pero sensatas a su manera, sedimentadas durante siglos de tradición vernácula. Delicados prodigios de adaptación al medio y sintonía anónima entre formas y funciones.

Las que recoge Tubau aquí son todo lo contrario: ejercicios deslumbrantes, admirables, casi trágicos, de voluntad personal, de inadaptación testaruda a unas convenciones formales de la profesión que se desdeñan o se parodian o se desconocen. Arquitecturas de antiarquitectos, ‘escultecturas margivagantes’ según el título memorable del libro que Juan Antonio Ramírez editó sobre el asunto. En él hablaba de la «sinceridad y la brutalidad» de los ‘escultectos’. La guía de Tubau ayuda a ver, también, la delicadeza de unos edificios que se arriesgan a parecer ‘de mentira’ para poder enunciar mejor sus verdades. 


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