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Las Vegas, espejo del mundo

Juan Antonio Ramírez 
31/08/2007


En 1972 se publicó la primera edición del libro de Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour Learning from Las Vegas, un clásico de la crítica arquitectónica, con enormes repercusiones en el último cuarto del siglo XX. Y ese mismo año apareció también la obra de Simón Marchán Del arte objetual al arte de concepto, un estudio riguroso de las tendencias artísticas más radicalmente renovadoras de aquellos años que marcó un hito en la teoría del arte contemporáneo.

No es difícil detectar la enorme distancia que separa a ambas obras: mientras Venturi y su equipo fijaban la atención analítica sobre el mundo kitsch e hipersimbólico de una arquitectura concebida para el entretenimiento, Marchán diseccionaba el universo vanguardista de los ‘nuevos comportamientos artísticos’, totalmente alejado de las complacencias consumistas del gran público. Pero si alguien intentara deducir de ello que había un antagonismo de entrada, y que el más riguroso de nuestros estudiosos del arte contemporáneo no podría entrar en los territorios complacientes del arte de masas, se equivocaría totalmente.

Este libro, concebido como una celebración del centenario de Las Vegas, demuestra una devoción continuada hacia esta insólita población del estado norteamericano de Nevada, y una voluntad de dar cuenta de lo que representa para la cultura arquitectónica universal.

¿Podría explicarse la ambivalente fascinación de Marchán por Las Vegas como una atracción hacia los abismos de lo radicalmente otro? Nos divierte pensar en este ‘Mister Hyde’de la vanguardia, visitando reiteradamente (por lo menos cuatro veces entre 1988 y 2005) esa sin city donde se han cometido los pecados más graves de lesa modernidad que quepa imaginar, fotografiando incansablemente sus casinos, los detalles figurativos de sus anuncios, los escaparates y los descampados.

Así es como ha detectado sus vertiginosas mutaciones y la milagrosa supervivencia de algunos ingredientes, describiendo todo ello con nervio literario y con una voluntad crítica cuyo tono es muy diferente de la prosa austeramente científica con la que se dio a conocer en 1972. Porque este libro dedicado a Las Vegas es, más que un estudio o un informe, un ensayo bastante apasionado, con numerosos apuntes autobiográficos. Marchán nos proporciona datos contrastables, fechas y autorías de edificios, exhibiendo un buen conocimiento del lugar y de la bibliografía más autorizada.

¿Las Vegas como terra incognita? Lo es en un sentido literal, pues está levantada en medio del desierto de Mojave, a muchos kilómetros de distancia de cualquier enclave civilizado.

En este libro se cuentan sus orígenes, un mero puesto de descanso en la larga ruta hacia California, pero también se describe cómo aquel villorrio pudo prosperar a la sombra de Los Ángeles, la meca del cine. El trabajo de Ramón Rodríguez Llera (que completa al largo ensayo de Marchán) habla muy bien de su crecimiento prodigioso, a partir de los años treinta, y del papel jugado por las mafias. De ello se deducen conclusiones inquietantes: la corrupción, el blanqueo de dinero, la extorsión y el crimen constituyen los cimientos sobre los que se asienta el esplendor luminoso que se ofrece al visitante. Ahora bien, como allí han trabajado algunas de las más rutilantes estrellas de la arquitectura contemporánea, queda flotando la duda de si no será Las Vegas el lugar por excelencia donde se hacen evidentes (se exhiben con el mismo descaro que los anuncios de neón) los mismos mecanismos económicos y jurídicos que rigen en la arquitectura ordinaria. El viaje arquitectónico a Las Vegas sería, desde este punto de vista, una peregrinación moral, una tentativa de encontrar esa ‘verdad’ que tanto ha obsesionado siempre a los adeptos de la modernidad.

Pero esto no es incompatible con la celebración hedonista de las formas.

Se detectan, así, varios estadios: en un primer momento (hacia los años treinta) predominó el estilo de las misiones, en un deseo de dar autenticidad regionalista a los primeros hoteles y casinos; en los cincuenta se construyeron los primeros edificios ‘modernos’ (en el estilo que hemos llamado en otro lugar ‘surreoide curviquebrado’); el pop art más genuino triunfaría en la hipertrofia figurativa de los años sesenta (con el Caesar’s Palace a modo de Vaticano ideal de todo el emporio); finalmente (y ésta es una de las principales aportaciones del libro) Marchán conecta la última oleada de megahoteles y casinos con esa posmodernidad figurativa que tanta conmoción causó en los años ochenta.

Las Vegas, uf, nos deja sin aliento: no se puede creer lo que se ve ni poseemos las categorías analíticas que nos permiten comprenderlo. Por eso debemos saludar con entusiasmo la aparición del libro de Marchán y Rodríguez Llera, que es la más consistente tentativa de abordar ese mundo proceloso que se ha escrito entre nosotros.


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