Viviendas en el antiguo solar de la Fosforera

Antonio Vázquez de Castro  José Luis Íñiguez de Onzoño 


Esta obra forma parte de la serie de encargos que Eduardo Mangada, al comienzo de sus funciones como Concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid, hizo a los llamados «arquitectos de los poblados madrileños». Casi treinta años separan este proyecto del Poblado de Caño Roto, durante los cuales la demanda de vivienda pública ha variado sustancialmente, desde unos estándares muy precarios de superficie, calidad y servicios urbanos de todo tipo hasta alcanzar hoy unos niveles presupuestarios que incluso actualizando la moneda, permiten plantearse otros temas y resolver otros problemas, como el de la coherencia de la imagen urbana con las preexistencias del lugar.

En Caño Roto las ideas de perfectibilidad de la vivienda, de rentabilidad máxima del espacio interior, de una participación directa del futuro usuario en el mismo proceso de construcción, pudieron plasmarse en el resultado edificado hasta tal punto que hoy sirve como ejemplo de un período heroico de la arquitectura española. Aquellas viviendas han podido soportar con dignidad, y puede que con significativas y afortunadas desviaciones de lo previsto, el futuro que les ha caído encima. El entusiasmo por la experimentación constructiva, y el optimismo por la aportación espontánea al proceso de edificación han cedido hoy el paso en la Fosforera a una decantada profesionalidad que propone el detalle totalmente elaborado para unas viviendas que una vez cumplidos los requerimientos normativos responden al entorno recogiendo en su formalización tanto los recursos de lenguaje que las proximidades y la historia arquitectónica del lugar le aportan, como el enriquecimiento de nuevos materiales y nuevas técnicas que acaban conjugándose en itinerarios, fachadas, remates, tipologías de vivienda y en la imagen del conjunto.

No es posible asegurar que la imagen final de estas viviendas fuese un objetivo inicial en el proceso de proyecto. Sería más prudente pensar que ha habido una fuerte dosis de intuición y confianza en la elección de materiales y tratamientos para guiar el proyecto hasta un resultado tan cargado de recuperaciones formales y tan novedoso formalmente respecto a lo que hoy se impone desde la prensa especializada.

Las viviendas de La Fosforera —así se llamaba la industria que ocupaba aquel terreno— ofrecen por ejemplo una solución formal y expresiva a los problemas de seguridad que tanto condicionan los programas habitacionales en nuestro tiempo y en nuestras ciudades, adquiriendo, a través de la exageración de determinados elementos de cerrajería una jerarquía que años antes nunca hubiésemos considerado ajustada a la realidad.

El proyecto se desarrolla en dos fases, y también como puede verificarse en los planos generales de planta, se dan dos tratamientos distintos a los tipos de vivienda que acaban trasladándose al tratamiento de las fachadas en las que la coloración artificial que se da al mortero de las fábricas vistas destaca el virtuosismo de los detalles del ladrillo. En este aspecto es donde mejor cabe hablar de interés regionalista de la actuación. La obra es inconfundiblemente madrileña, pero es al mismo tiempo inconfundiblemente personal si se recorre la producción de Iñiguez y Vázquez de Castro. Así, debemos deducir que acaso ciertas constantes que van decantándose en la arquitectura madrileña sean el resultado de un empeño continuado por algunos arquitectos, como los que ahora nos ocupan, por adecuar los sistemas constructivos, los recursos tecnológicos en cada etapa, y los logros de la historia de la arquitectura, con realismo, a las condiciones del lugar, incluyendo la carga nada despreciable de determinadas tradiciones formales...[+]