Cuando en 1964 Bernard Rudofsky llenó las salas del MoMA de arquitecturas sin arquitectos, entre las casas-cueva de la Capadocia o las chozas de adobe malíes incluyó dos fotografías de Mojácar tomadas por Ortiz Echagüe, y las acompañó de un pequeño texto en el que lamentaba cómo el turismo desaforado ya entonces estaba haciendo mella en el perfil del pueblo almeriense con la construcción de hoteles y villas de falso estilo vernáculo. Con todo, el encanto morisco de sus callejas y sus edificios encaramados a la roca no se ha perdido y sigue reclamando que cualquier intervención se doblegue con humildad a la visión del conjunto...[+]