Le Corbusier

La Chaux-de-Fonds, 1887- Cap Martin, 1965

29/02/2000


Dos contemporáneos. La Ville Savoie y Betty Boop. Era el año del cine y quería un personaje creado para los dibujos animados. Es decir, no un personaje del cómic adaptado posteriormente a la animación, como el caso del marinero Popeye, sino nacido de y para el celuloide. Apareció Betty Boop, y naturalmente se ganó el papel. Nada más fácil que imaginarse al arquitecto suizo, erotómano impenitente, ligando con la seductora starlette. Incluso puedo creer que en algún momento el Sr. Jeanneret tararearía la tonadilla de B-Boop-a-lulla, she’s my babe... al tiempo que pintaba y repetía sus cuadros de personajes femeninos pseudocubistas.

La Villa ocupa un puesto de honor entre los lugares con los que sueñan los arquitectos, y en cuanto a mí, me seduce hasta su nombre poético, Les heures claires. Un lugar donde transcurren las horas claras de la madurez, el tiempo de la lucidez, la arquitectura formidable en la claridad tranquila. Me gustaba la idea de tomar el sol en la terraza de la casa. De hecho, es casi como un anhelo personal; me gustaría disfrutar del sol en la Saboya, de la sauna en Mairea, del viento y del mar en la Malaparte y del otoño en Fallingwater. Así que sólo debía poner a Betty en mi lugar, con un gin-tonic, en la tumbona adecuada. Parecía más que contenta de estar allí. No podía haberse escogido una obra más apropiada.

Tampoco era demasiado difícil convertir al maestro en un personaje de dibujos de los años veinte. Me pareció que le gustaría la idea de reunirse en la terraza con la Boop. Utilicé la terraza y no el solario de la espalda cóncava en la última planta porque habría resultado imposible reconocer el escenario. Incluso para describir el encuentro en la terraza hacía falta una especie de travelling y salirse de la casa, para coger la terraza desde fuera, de forma que el peto hace las veces de margen de la viñeta. Por si acaso todavía no estaba suficientemente claro el edificio del que se trata, debido a la aproximación, dejé la inconfundible pista de la maqueta en el peto. Parece que la ha traído el arquitecto y la ha dejado distraidamente junto a la maceta. No se ha dado cuenta de que esa maqueta y el cactus son como dos retratos suyos...[+]


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