Ahora que desaparecen los animales y plantas es cuando nos damos cuenta de que esa ausencia es aterradora.
Me quedará de este verano el recuerdo de una sabina de 900 años, de una huerta junto a un río, de unos cielos desiertos, de una libélula que casi roza mi cara con sus alas en un silencioso atardecer, de un escarabajo lento y como pensativo o apesadumbrado en un sendero de polvo. La sabina estaba en una ladera pedregosa, como en una reserva de criaturas arcaicas, cerca de otros ejemplares de la misma especie que no tenía ninguno menos de 300 años. La ladera daba a un paisaje de valles y montes sucesivos, en un silencio que se hacía más profundo y más delicado según declinaba la tarde, como si...