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Dirección Dinamarca

La última obra de Francis Fukuyama sobre el orden democrático ofrece pautas para una España que, tras una severa crisis, encara un tiempo político nuevo.

Luis Fernández-Galiano 
30/04/2016


¿Cómo se llega a Dinamarca? Tal es la pregunta que impulsa la colosal obra de Francis Fukuyama, Political Order and Political Decay. Culminación de un empeño iniciado en 2011 con The Origins of Political Order, este segundo volumen describe el proceso de evolución política desde la Revolución Industrial hasta la globalización de la democracia, y las 1.300 páginas de la obra completa están enhebradas por el empeño en desentrañar de qué forma podemos aproximarnos a esa Dinamarca que emplea como símbolo de una sociedad «próspera, democrática, segura, bien gobernada y con bajos índices de corrupción». Y aunque advierte que no se refiere tanto al país de ese nombre como a una comunidad ideal con esos rasgos, explica que Dinamarca llegó a ser Dinamarca cuando su sistema político efectuó la transición de un estado patrimonial a otro moderno, un proceso complejo que no es sensato intentar reproducir, siguiendo las pautas de los organismos internacionales, en países como Afganistán, Libia o Haití.

Fukuyama se hizo popular hace 25 años con un ensayo, ‘The End of History?’ donde valoraba la victoria del capitalismo y la democracia liberal en la Guerra Fría como un fenómeno irreversible, al juzgar esta forma de organización económico-política como la única compatible con las sociedades desarrolladas y prósperas. Considerado durante un tiempo expresión de los valores neoconservadores, su pensamiento se fue distanciando progresivamente de estos; el politólogo censuró las malhadadas intervenciones de Estados Unidos en Oriente Medio —con obras como America at the Crossroads de 2006, donde analiza los orígenes judíos y trotskistas de los ‘neocon’ encabezados por Irving Kristol, deplora su identificación con la política exterior de George W. Bush y refuta la responsabilidad ideológica del filósofo Leo Strauss en la Guerra de Irak—, y ha manifestado repetidas veces su frustración ante las disfunciones de la organización institucional del país, sumido hoy en una crisis de legitimidad que a su juicio evidencia una auténtica ‘decadencia política’.

Pero sus convicciones de hace un cuarto de siglo sobre el modelo político deseable permanecen intactas: un estado fuerte y eficaz, constreñido por el imperio de la ley y por la vigilancia democrática. Fiel al idealismo hegeliano que aprendió de Alexandre Kojève, pero ahora reemplazando el militarismo estadounidense por el imperio transnacional de la ley que promueve la Unión Europea como la mejor representación de un mundo «post-histórico», Fukuyama defiende la democracia liberal frente al capitalismo autoritario chino o las teocracias islamistas, aunque advierte que el fundamentalismo islámico es «el único competidor genuino de la democracia en el reino de las ideas». La obra quiere poner al día el libro que su mentor Samuel Huntington publicó en 1968, Political Order in Changing Societies, y expresa la esperanza de que la democracia liberal resulte finalmente victoriosa (aunque el propio Huntington, en The Clash of Civilizations de 1996, argumentó que el conflicto ideológico sería sustituido por el conflicto entre civilizaciones).

El deseo de perfeccionar la democracia liberal bajo la inspiración de los países nórdicos adquiere aún más relevancia frente al desafío del islamismo radical, según Fukuyama ‘su único competidor en el reino de las ideas’. 

Polemizando con el determinismo geográfico y técnico de Jeffrey Sachs o Jared Diamond, pero discrepando también con economistas como Daron Acemoglu o James Robinson, que otorgan un papel central a las instituciones, Fukuyama atribuye el desarrollo económico y la evolución política a un cúmulo de circunstancias, entre las cuales la rivalidad entre naciones y los conflictos bélicos como estímulo para el surgimiento de estados eficaces, y la extensión de las clases medias como soporte esencial de la democracia. Muchos leerán el libro como una defensa del estado frente a los controles jurídicos y la transparencia, pero Fukuyama razona que nada es posible sin un ejecutivo centralizado y una burocracia competente: «las burocracias contemporáneas más modernas fueron las establecidas por estados autoritarios en su búsqueda de seguridad nacional», y es en ellas donde el crecimiento económico y las clases medias acabaron generando estructuras democráticas, hoy amenazadas por dos procesos convergentes: el declive de estas últimas producido por la globalización y el cambio técnico; y la decadencia política de las democracias liberales, ‘repatrimonializadas’ por élites poderosas, lo que conduce «bien a un lento incremento de los niveles de corrupción y la consiguiente menor efectividad del gobierno, bien a violentas reacciones populistas ante lo que se percibe como manipulación de las élites».

Es difícil evitar el comentario de que parecen palabras escritas para la España de hoy, que aún no ha encontrado su camino hacia Dinamarca. Nuestro país, en opinión de Fukuyama, tuvo un comportamiento fiscal, a diferencia de Grecia o Italia, «relativamente responsable» en los años previos a la crisis, de la que «han salido con más éxito los países que, como Alemania y las naciones escandinavas, eligieron un camino intermedio entre el laissez faire de Estados Unidos y Gran Bretaña, y los rígidos sistemas regulatorios de Francia e Italia». Pero la crisis económica se ha doblado aquí con otra institucional, y no sabemos si el laberinto de senderos que se bifurcan nos lleva a Copenhague o a Caracas.



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