Hubo un tiempo en Estados Unidos en que las voces de la razón marcaban de verdad la diferencia y entre ellas estaba la de la activista comunitaria Jane Jacobs. El tiempo fue la década de los 60 y el lugar la ciudad de Nueva York. Su libro más famoso, que todavía se lee mucho, The Death and Life of Great American Cities (1961) fue, junto con el de Rachel Carson Silent Spring (1962), uno de los ataques más virulentos jamás escritos contra los efectos del poder empresarial multinacional. Si este último abrió el discurso contemporáneo de la conciencia ecológica, Jacobs llamó la atención del país sobre la participación comunitaria como herramienta contra el devastador impacto de los urbanistas y de sus clientes corporativos. Su libro tuvo menos repercusión en Europa, quizás por la particular situación política a la que se enfrentaba el viejo continente, muchas de cuyas ciudades habían sido bombardeadas en la II Guerra Mundial, se encontraban en reconstrucción y no estaban sometidas con la misma intensidad a los procesos de ‘Renovación Urbana’.

Su principal enemigo fue la intervención urbanística que destruyó barrios como el de Hell´s Kitchen en Nueva York para hacer proyectos de dudoso mérito como el Lincoln Center. En los 50 se enfrentó a la completa destrucción de las ciudades norteamericanas con este grito de guerra: «Proyectos para desfavorecidos que se convierten en centros de delincuencia, vandalismo y desesperación social peores que los barrios a los que se suponía que tenían que sustituir. Viviendas para la clase media que son auténticos prodigios de aburrimiento y normativa, herméticos a cualquier optimismo o vitalidad urbana. Viviendas de lujo que ocultan su estupidez bajo una vulgaridad insulsa. Centros culturales incapaces de acoger una buena librería. Centros cívicos que todo el mundo evita excepto los vagabundos. Centros comerciales que son deslavadas imitaciones de franquicias de suburbio. Paseos que van de ningún sitio a ninguna parte y que no tienen quién pasee por ellos. Autopistas que enajenan las grandes urbes. No es la reconstrucción de las ciudades. Es el saqueo de las ciudades.»

La Renovación Urbana norteamericana, que proponía derribar los barrios viejos para construir modernas torres de vivienda rodeadas de jardines, estaba asociada al proyecto de inspiración militar, iniciado en 1956, que pretendía crear la mayor red de autopistas del mundo. Con frecuencia, las demoliciones hacían desaparecer barrios humildes como el West End de Boston —lugares conocidos por los urbanistas como ‘la peste’—. Jacobs no sólo produjo un furioso informe contra esta autodestrucción urbana, sino que vinculó sus orígenes a la modernidad corporativa y estable-ció una forma de proteger del tejido urbano de alta densidad y de usos mixtos del peligro que suponían las intervenciones monofuncionales y centradas en las infraestructuras. En su propio barrio, el Greenwich Village de Nueva York, puso sus principios a prueba contra el tremendo poder de Robert Moses, creando la ‘Comisión en contra de la autopista del Lower Manhattan’. Moses reaccionó manifestando públicamente que «¡no hay nadie en contra del proyecto excepto un grupo de madres!». Sin embargo, la sabiduría maternal venció. Si esta parte de Manhattan es ahora una de las más agradables y solicitadas de la ciudad, es gracias a su activismo.

Aunque sus obras se centraron mayoritariamente en el urbanismo, Jacobs no recibió formación específica y, de hecho, no tenía ningún título universitario. Quizá su matrimonio con un arquitecto y su trabajo para la revista de arquitectura más influyente de los 50, Architectural Forum, le dio suficiente confianza como para enfrentarse a la clase dirigente. Férrea detractora de la Guerra de Vietnam, dejó los Estados Unidos en 1968, trasladándose a Toronto para que sus hijos evitaran el servicio militar. Unos años después renunció a su nacionalidad para poder votar. Allí siguió con su campaña para salvar barrios y plantó cara a los urbanistas y sus vías elevadas, parando en esa ocasión la autopista Spadina. Insistió en la relajación de la normativa de zonificación —que vio funcionar bien en Toronto— como causa de la regeneración de los barrios. Aunque muchos la consideraban enemiga de los automóviles, eran las grandes carreteras y aparcamientos, y no los coches, lo que le molestaba. De hecho, dudaba de la bondad de las calles peatonales porque implicaban la segregación de funciones.

El impacto de Jacobs en la arquitectura norteamericana ha sido considerable, no tanto en términos formales como en cuestiones programáticas. Cuando Robert Venturi y Denise Scott-Brown hablan de ‘vitalidad desordenada’, están parafraseando a Jacobs. Cuando Rem Koolhaas describe su manifiesto retroactivo como ‘cultura de la congestión’, está copiándole los elogios a la densidad de Manhattan. Nadie puede usar el término de ‘usos mixtos’ sin referirse a ella. Sin embargo, en su visión global, la buena arquitectura no era una cuestión de estilo o de estética, sino simplemente el síntoma de un ambiente social y económicamente saludable.

Como fue acusada de ser poco realista respecto a las necesidades de la empresa moderna, Jane dedicó la mayoría de sus siguientes textos a la economía urbana. Ninguno ha tenido el impacto de su primer libro, quizás porque les falta un ‘enemigo’. Como demuestran sus títulos The Economy of Cities (1968), Cities and the Wealth of Nations (1984), Systems of Survival: Moral Foundations of Commerce and Politics (1992) y The Nature of Economics (2000), Jane tenía la misión de explicar «qué es lo que produce el desarrollo económico». Uno de sus conceptos, la «sustitución de las importaciones», resultó vital para su pensamiento: si una ciudad puede producir lo que necesita importar, su economía prosperará. La idea de que la producción y la creatividad, espoleadas por los incentivos y la competencia, mantienen la vitalidad de barrios y ciudades, no debe olvidarse nunca. Su argumentación final le acercó a Rachel Carson, al descubrir que la economía y la ecología, que tienen raíz etimológica común, son análogas, y que una economía sana es como una selva acumulando biomasa.

Su famosa disputa con Lewis Mumford tenía que ver con el modelo de Ciudad Jardín, que éste defendía como remedio a todas las enfermedades urbanas. Ella pensaba que conducía a una innecesaria separación de funciones, cuando no a la de razas y clases. Los impecables planos de los defensores contemporáneos del ‘Nuevo Urbanismo’ no se libraron de la misma crítica. La visión democrática de la ciudad de Jacobs es «orgánica, espontánea y desordenada… y su densidad es esencial para el crecimiento económico y la prosperidad.»


Included Tags: