Simulacro de Salvación

Simulacro de Salvación

Vicente Verdú 
01/01/1987


Entre la realidad y el deseo, entre el cuerpo y el sueño. La casa es una construcción implantada sobre el intervalo entre lo posible y lo anhelado. La casa es el fin y el viaje. Un edificio incierto entre la teoría del reducto y de la nave. 

Como cierta escritura, la arquitectura es un lenguaje contra el caos. Una manera de acallar el trueno del desorden. La casa acota una defensa interior entre la inmensidad, modula un recinto de identidad en medio de la barbarie. Convierte el paso de la muchedumbre en un rumor de las afueras. 

De la peor biografía la casa obtiene un monumento. 

El hogar es el patrimonio primitivo. La sede de la conciencia y de la salud. El reino donde se suman las calamidades y su voluptuoso olor. Pero el cubil al que se remite la felicidad, tarde o temprano. Y la residencia de la muerte que acampa sin estruendo. 

El brillo del vidrio, el calor innato del cuerpo, la pereza de querer a los demás, el dolor consentido, el vicio de la tristeza hallan su lugar en este reino. 

Aislantes, revestimientos, puertas blindadas. No sentir, no decir ni oír. Cerrar los ojos. El sueño de la casa es el silencio y la ceguera. Una paz cerrada que se comparte como un festín mientras suena una música apagada. ¿La muerte? No todavía. Pero la historia profunda de una casa corta la vida en dos. Su aforo de tiempo se alarga o se extingue con ella. 

Dicen: cada cual hace de su vivienda una réplica de lo que es, y llega así a habitar la casa que merece. Nada más fácil de creer. Pero la casa es, a partes, una elección y una penitencia. Un ejercicio de poder y de servidumbre. Un rostro y su mascara. El escudo protector y el blanco perfectos. El cómplice y detractor a un tiempo. 

La casa es el cielo. La casa es una enfermedad radiante. La casa nunca es benévola; jamás acaba de barrer toda su producción de horror. Solo quien ya no tiene nada que acallar, consecuencia de haber optado por el vacío, puede ensenar su hogar. He aquí mi manera de vivir, dice el anfitrión. He aquí su límite, su corrosión, piensa el invitado mientras soporta el mefítico aroma. El tufo feliz. 

Todo proyecto de una nueva casa participa del sueño de obtener un cuerpo renovado y bruñido. Y un espíritu subido a él. Fachadas, caretas, estucos, cimientos que cumplen con la ambición de reintegrar la fe en la posible inauguración del tiempo. 

¿Qué más se puede pedir a una actividad industrial? El arquitecto rendido al empeño de crear eternidad, el interiorismo empleado en los laberintos de la psicología, los nuevos materiales interesados en amenizar al espíritu. 

La casa es el simulacro de la salvación. El repertorio de un mal que cree dominar sus límites o de la felicidad recogida como un pantano. La casa es un relato que invade la memoria, al fin, con la ferocidad de los animales.


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