Jørn Utzon (1918-2008)

La búsqueda paciente

Richard Weston 
30/04/2018


El desarrollo de los proyectos de Utzon —quizá de la mayor parte de sus buenos proyectos— parece haberse caracterizado por momentos de agudeza que han ido jalonando, como si fueran chispazos de ingenio, los periodos de trabajo duro dedicados a explorar las consecuencias de tales momentos de intuición. En ninguna obra de Utzon esto resulta más claro que en Sídney. La chispa desencadenante del proyecto se había producido una década antes del concurso, durante una visita del danés a los templos mayas de México en 1949. La idea de las plataformas de los templos concebidas como vacíos destinados a albergar las partes no públicas del edificio fue una referencia perfecta para organizar el complejo programa de su Ópera.

Por el contrario, las famosas cáscaras ‘de autor’ que conforman la cubierta del edificio fueron muy tardías. Los ayudantes del danés recuerdan haber visto a Utzon, ya muy apremiado por el plazo de entrega del concurso, ondeando la hoja de una gran planta de la familia gunnera sobre una maqueta de madera que representaba el zócalo del edificio. Utzon sabía lo que buscaba: algo fluido y ‘orgánico’ que contrastara con las estables líneas horizontales de la plataforma. Con todo, conseguir una forma que diera cuenta de tal idea de una manera convincente resultó difícil. Cuando, al final, se llegó a la imagen de las cáscaras, los orígenes de la referencia parecieron misteriosos tanto para Utzon como para el público y los críticos, una parte de ellos encantada, la otra desconcertada.

Se conocen bien, sin embargo, los desencadenantes y metáforas que dieron pie al resto de elementos importantes del edificio. Muchos provenían de la naturaleza, algo que no sorprende si se tiene en cuenta que Utzon pedía a los ayudantes recién llegados a su estudio que leyeran Sobre el crecimiento y la forma, el monumental libro de D’Arcy Wentworth Thompson sobre la morfología natural. Comparando las ‘cáscaras’ con una cadena montañosa, Utzon buscó capturar el juego luminoso de contrastes que se produce entre la nieve recién caída y la capa congelada que subyace a ella y se revela por la traza de los esquiadores; intentó emular las plumas de una skúa en el diseño, no realizado, de la envoltura de vidrio; quiso dar forma a los ‘cilindros rotatorios’ de los techos acústicos buscando inspiración en las olas del océano contempladas desde su estudio.


Todas estas referencias han sido ya señaladas por los estudiosos, y deben completarse con otras apuntadas por el propio Utzon y su equipo. Utzon me confesó que, mientras pensaba en el diseño de los vestíbulos, se acordó de cuando había visto la Gran Barrera de Coral a través del suelo de vidrio de un bote: me dijo que imaginaba a mujeres con vestidos de colores brillantes apareciendo en el foyer como si fueran peces vistos contra el fondo de ‘coral’ de los revestimientos de madera. Un rasgo importante de los vestíbulos es el empleo de asientos integrados en la arquitectura: cuando descubrí los dibujos inéditos hechos a tal efecto —cobijados en el sinnúmero de tubos almacenados en un granero que luego pasó a ser un ‘archivo’—, inmediatamente me acordé de las salas de espera del crematorio en el Cementerio del Bosque, de Asplund, donde los revestimientos de madera contrachapada se regruesan hasta convertirse en asientos.

Observando el proyecto de Utzon, con su ondulante e intrincada sección que lo hace parecer una especie de delirante moldura clásica, no pensé en arquitectura sino en una costa de acantilados erosionados. Aventuré esta idea en una conferencia impartida en Aalborg, dejando claro que se trataba sólo de una suposición. Richard LePlastrier, el más dotado de los ayudantes de Utzon, se levantó una vez terminada la conferencia y dijo: «No te preocupes, Richard, voy a enseñar… ¡una foto del acantilado real!»; el acantilado que, una vez, había llamado la atención de Utzon en un paseo, y que quedó retratado para siempre porque el danés le pidió a un joven que estaba sentado por allí que lo fotografiase.

Puedo continuar con las referencias: las ventanas en forma de campana inspiradas en las de un portaviones amarrado en Sídney; el cambio decisivo en la retícula diagonal de azulejos producido después de homenajear, con humor, a Sigurd Lewerentz en la Fábrica de Höganäs en Suecia («nuestros azulejos», le dijo Utzon a su asistente señalando la serie diagonal de losas de granito que hasta ese momento había pasado desapercibida); y la cortina de cuentas de madera de una taberna griega en la que Utzon se congeló de frío, no sin decir «nuestros muros de vidrio» y explicar a su desconcertado colega que la línea recta de cordones de cuentas que discurría por el techo se había convertido en una compleja curva hecha de líneas rectas curvas, es decir, en la sencilla geometría necesaria para resolver la planta y la sección de las características lamas del foyer de la Ópera.

No fue sólo en Sídney donde estas fuentes de inspiración ‘extra-arquitectónicas’ desempeñaron un papel importante. El diseño del techo acústico de cilindros rotatorios de Sídney podía haber llevado a una configuración parecida en la Iglesia Bagsvaerd, pero Utzon necesitó otra vez un desen-cadenante poético: la imagen de una sucesión de nubes cilíndricas y espaciadas uniformemente —una suerte de «columnata horizontal», en palabras del propio Utzon— que se formó en la mente del arquitecto mientras miraba el cielo en una playa de Hawái.


Inspirada en las formas de una gran nube entrevista por Utzon en Hawái, la cubierta flotante de la Iglesia Bagsvaerd constrasta con el zócalo mucho más rectilíneo, cuyas formas evocan las de una pagoda tradicional.
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