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Emoción y mesura

El Museo del Prado

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El Museo del Prado

Delfín Rodríguez 
30/06/2012


El año pasado de 2011 se cumplía el bicentenario de la muerte del arquitecto Juan de Villanueva (1739-1811), figura fundamental de la historia de la arquitectura española durante la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del siguiente, sin que ninguna institución haya creído oportuno hacer el esfuerzo de organizar la gran exposición conmemorativa que, sin duda, merece o, al menos, plantear una reflexión crítica coral sobre las numerosas e importantes aportaciones que sobre su obra se han sucedido en los últimos años.

En todo caso, dos importantes publicaciones sobre el edificio del Museo del Prado, su obra de más empeño y complejidad, editadas por la propia institución, vienen a llenar con sobrada solvencia otras ausencias. Además, se trata de dos obras debidas a dos arquitectos e historiadores de la arquitectura de enorme prestigio y llamados necesariamente, y por diferentes razones, a repensar la obra del arquitecto madrileño. Así, Pedro Moleón, posiblemente el mejor conocedor de la arquitectura de Villanueva, a la que tantas importantes publicaciones ha dedicado —combinando con rara destreza la erudición con el análisis crítico, la lectura de arquitecto con el rigor del historiador—, es el autor de una apasionante biografía del edificio, género en el que se mueve con una soltura envidiable.

Por su parte, Rafael Moneo el último arquitecto que ha tocado el edificio mismo con su reciente ampliación, publica un ensayo apasionado sobre el Museo del Prado de Villanueva, elogiando su capacidad para sacar partido a la dificultad, tanto del programa como del lugar, como quien ensaya un autorretrato hablando de otro. Es, por otra parte, cierto que ambas aproximaciones parten de las clásicas interpretaciones de Fernando Chueca Goitia, especialmente de su análisis tipológico, de las circulaciones y composición del museo, entendiéndolo como un edificio de dos plantas bajas y disposición longitudinal en paralelo al eje del Paseo del Prado, siendo lateral la que parece ser la fachada principal, la más decorosa, en palabras de Villanueva, aquélla que permite entender el museo como una articulación de cinco distintos cuerpos en composición rítmica ABCBA y de carácter autónomo, según Emil Kaufmann definiera como característico de la arquitectura de la Ilustración.

Se trata de una complejidad compositiva y tipológica que nace como respuesta a un programa igualmente complejo, suma de proyectos de actividades y funciones diferenciadas: la de museo-galería —que es la que da sentido a todo el proyecto—, profunda y alargada y con entrada principal en la fachada norte, a la que se accedía mediante una decisiva rampa, desgraciadamente desaparecida, convirtiéndola en planta baja situada en una cota elevada sobre la planta baja inferior. Esta debía atender funciones de laboratorio, biblioteca y aulas de enseñanza, con fachada de entrada por el lado sur de este edificio longitudinal, quedando el costado lateral extendido en paralelo al paseo y en cuyo centro encaja otra portada monumental que daba acceso al Salón de Juntas y conferencias, pieza de engarce ortogonal y axial de toda la composición.

Así, tres funciones con tres fachadas diferentes y cinco cuerpos distintos resuelven un edificio en el que la construcción, los órdenes y los detalles ornamentales configuran elementos de continuidad, de ligazón, como si de atar los volúmenes autónomos se tratase. Volúmenes o cuerpos (cuerpos de los extremos, Salón de Juntas y galerías intermedias) que, elocuentes en la fachada del paseo, permitieron a Chueca pensar en una optimista arquitectura de las sombras, como si Villanueva se hubiese transformado en un insólito Boullée e incluso en un arquitecto romántico, en lo que sorprendentemente insiste Moneo en su refinado ensayo. Pero no es aventurado señalar que esa fachada ambigua, a la vez lateral y principal, funciona como un telón teatral que anuncia lo que el interior desmiente tanto tipológica como funcionalmente, con sus dos entradas principales al norte y al sur.

Telón, por otra parte, que responde cabalmente a soluciones contemporáneas a Villanueva, tan académicas, tardobarrocas y neoclásicas como la de un Robert Adam en la villa de Stowe, en Buckinghamshire (1771), por poner un ejemplo muy pertinente en relación con la cultura del arquitecto madrileño. Lo que, según Moneo, en Villanueva es pasión y mesura, es, en el ensayo —tan contenido como brillante y rigurosamente histórico— de Moleón, razón y emoción, tan característico del Siglo de las Luces y no del romanticismo, como pretende el primero. Tal vez eso explique que mientras Moneo enfatiza la arquitectura del edificio como cabal prolongación de la vida y ánimo del arquitecto, Moleón haya trazado la biografía histórica del edificio engarzada en la época en la que se construyó. En todo caso, lo fascinante es que ambos ensayos mantienen viva la atención sobre la arquitectura de un maestro como Juan de Villanueva, cuya lección aún concita pasiones.


Libros reseñados:

El Museo del Prado

Biografía del edifcio

El Museo del Prado de Juan de Villanueva

Comentado por Rafael Moneo

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