Obituaries 

Juan Antonio Ramírez, 1948-2009

The Endless Art

Luis Fernández-Galiano 
30/06/2009


La súbita desaparición de Juan Antonio Ramírez resulta inverosímil. Siempre había imaginado que un historiador como él tendría una vida larga, sabia y productiva, dejándonos sólo cuando estuviese —como el Job bíblico— ‘harto de días’. Pero un aneurisma de aorta detuvo sus pasos un ominoso once de septiembre, y semanas después somos aún incapaces de aceptar que su muerte no ha sido un mal sueño. «Estoy cansado de ser Juan Antonio Ramírez»: en la que habría de ser nuestra última conversación, comentando un libro de Clavelinda Fuster —uno de los nombres a través de los cuales expresaba su personalidad poliédrica—, la fatiga con su condición de historiador del arte se manifestaba a través del deseo pugnaz de vivir otras vidas. ‘Ávido de días’, la bárbara biología le negó esas existencias potenciales, y el trayecto que queríamos interminable se interrumpió de forma dolorosamente prematura.

En esta ceremonia de los adioses, el niño malagueño, hijo de apicultor, que hizo el Bachillerato Técnico en el Instituto Laboral de Orihuela se funde con el joven estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Murcia que encontró en Antonio Bonet Correa el maestro que más tarde dirigiría su tesis doctoral y encauzaría su carrera docente en la Universidad Complutense; con el intelectual marxista que procuraría reconciliar el hedonismo postmoderno con el desvelamiento ideológico de las obras de arte; y con el historiador, crítico social y creador que supo hacer compatible el juego de sus bricolages, sus latas recortadas o su poesía con el rigor exigente de quien describió el ‘ecosistema de las artes’ usando el humor naïf como una carga de profundidad ‘contra la confusión y la pedantería’. Pero más allá de todos esos personajes, Juan Antonio Ramírez sería para mí el amigo generoso de camisas imposibles en quien hallé el mejor y más perceptivo lector, el editor más inteligente —publicó en Alianza El fuego y la memoria con una deferencia ante el discurso visual que luego no mostraría el editor norteamericano—, y el conversador más fértil, culto y estimulante.

Algunos encontrarán consuelo en la formidable obra que deja atrás. Desde sus estudios del cómic y otros medios de masas hasta su colosal volumen sobre el Templo de Salomón o los libros esenciales que dedicó a Duchamp y Dalí, la aguda inteligencia y extraordinaria laboriosidad de Ramírez produjo un legado bibliográfico de dimensión descomunal, en el que la arquitectura tiene una presencia tenaz: Construcciones ilusorias: arquitecturas descritas, arquitecturas pintadas, Edificios y sueños, La arquitectura en el cine: Hollywood, la Edad de Oro, La metáfora de la colmena: de Gaudí a Le Corbusier o Edificios-cuerpo son algunos de los hitos de una mirada fascinada por los todos los márgenes, desde las arquitecturas utópicas o las escenografías cinematográficas hasta las construcciones de sabor surrealista o las arquitecturas fantásticas y espontáneas.

Pero junto a esa atención a las zonas en penumbra, oníricas, extravagantes o menospreciadas por su condición popular —una sensibilidad que entraba en resonancia con su compromiso cultural con la izquierda política—, Ramírez fue también un gran pedagogo y un riguroso renovador de los cánones centrales de la historia del arte, a través de su enseñanza universitaria en Salamanca, Málaga y Madrid, mediante sus ejemplares manuales y libros de texto, e incluso con una obra luminosa, Cómo escribir sobre arte y arquitectura, donde se esfuerza en transmitir la elegancia intelectual y la claridad de su prosa a las nuevas generaciones de historiadores y críticos. Políglota, cosmopolita y erudito, supo combinar largas estancias en instituciones académicas como el Warburg londinense, la Columbia University neoyorquina o el Getty de Los Ángeles con una presencia ubicua en la vida cultural española, desde su dirección de colecciones en Alianza o Siruela, sus conferencias y sus artículos en la prensa o en revistas.

Arquitectura Viva tuvo el privilegio de contar con él como colaborador desde su primer número —con el artículo ilustrado arriba, donde con amable ironía se enredan muchos de sus temas, desde la figuración posmoderna o las arquitecturas pintadas hasta la Torre de Babel—, y hoy cierra tristemente esta relación con un texto póstumo. Nos habíamos conocido a través de Antonio Fernández Alba, y ya en 1982 participó en el primer curso de los muchos que organicé en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (en cuya sede santanderina daríamos mano a mano en 1999 un curso magistral sobre ‘La arquitectura y el arte del siglo XX’ que recuerdo ahora con especial emoción), en 1985 escribió su primer artículo en la entonces recién nacida AV Monografías y en 1986 inauguró con La arquitectura en el cine la colección que sobre ‘Arte, crítica e historia’ dirigí en la editorial Hermann Blume. Pero sería en Arquitectura Viva, desde su aparición en 1988, donde nuestro diálogo encontraría mejor acomodo. En su autobiografía intelectual, que redactó en 2008 a instancias de colegas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ramírez describe esta colaboración en unos términos que no me resisto a citar:

«No he sido un crítico militante... pero sí me he aventurado al análisis y valoración de fenómenos y tendencias. Me ha gustado hacer artículos de extensión intermedia, sobre cosas de cierta relevancia, que pudieran ser leídos aunque el acontecimiento que los motivara hubiera dejado de ser noticia... Quiero mencionar de modo especial la continuada hospitalidad de Arquitectura Viva... en sus páginas he escrito bastante de arquitectura y sobre todo de arte contemporáneo, para un público de arquitectos, fundamentalmente (aunque sin pensar en ellos de un modo especial), y dando por descontado que algunos ecos de lo que dijera allí llegarían al sector artístico.»

Su último artículo aparece aquí junto con la recensión, a cargo de Simón Marchán, de su último libro, El objeto y el aura y, por un singular azar, también junto al primer artículo de su hija Julia, una joven historiadora del arte que se formó disfrutando del lujo de su ejemplo, de su compañía y de su conversación. En la medida en que tuve la fortuna de tener a Juan Antonio por interlocutor intelectual durante tres décadas, entiendo bien la dimensión desesperada de su pérdida para su hija y para su esposa. La obra que nos lega difícilmente puede ofrecer consuelo, ni a ellas ni a los que fuimos sus amigos, porque su desaparición nos recuerda nuestra propia fragilidad, la caducidad desesperada de todo lo vivo, y al cabo sólo nos deja polvo, ausencia, nada.


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