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Cartas de Ernesto a Ernesto y viceversa

Andrés Martínez  
31/10/2000


Inéditas hasta 1997, las cartas escritas por Ernesto Nathan Rogers a sí mismo vienen a arrojar luz sobre uno de los personajes culturalmente más ricos de la escena arquitectónica italiana de este siglo. Nacido en Trieste en 1909, de familia judía, Rogers fue socio fundador del estudio milanés BBPR y ejerció la docencia. Vinculado desde muy joven al mundo editorial (escribiendo primero en Quadrante y editando más tarde Domus y Casabella- Continuitá, esta última casi hasta su muerte), publicó también una prolífica obra teórica, entre la que destaca La experiencia de la arquitectura (1965). Sin embargo, no llegó a considerarse un teórico ni un filósofo, sino sólo un arquitecto «que lee, incluso poesía» y que se realiza a través del proyecto y la obra construida. La promulgación de las leyes raciales mussolinianas en 1939 truncó la trayectoria de BBPR durante la guerra: dos de sus miembros fueron confinados en campos de concentración, mientras Rogers, abocado al ostracismo, se volcó en la escritura de estas cartas y en las Confesiones de un anónimo del siglo XX, publicadas en Domus entre 1941 y 1942.

La convención epistolar permite al autor dialogar con los múltiples Ernestos que conforman «la cavidad y la convexidad» de su ser. Así es como aflora un particular universo poblado de nostalgias, angustias y esperanzas, donde la linde entre lo real y lo imaginario queda a menudo difusa hasta alcanzar, al final de cada carta, un elevado tono poético. Y a medida que pasamos las páginas, este maëlstrom de sensaciones se va enfocando en la búsqueda de un elemento cardinal fijo, estructurador de sufrimientos y emociones: «la vida hay que realizarla no como una sucesión de acciones-reacciones, sino como un perpetuarse de causas activas (…), empresa sobrehumana e inhumana, pero por tanto profundamente humana» (carta 38).

Raramente aparece citada la labor del arquitecto como tal, aunque sí son numerosas las reflexiones sobre la creación, en las que Rogers manifiesta la certeza de que el artista sólo puede perpetuarse a través de sus obras. Aparte de su indudable valor psicológico y literario, esta breve obra es un testimonio excepcional de un tiempo y de un país que pasó, en pocos años, de la exaltación vanguardista de los años treinta a la implacable realidad de la reconstrucción de la posguerra.


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