Opinion 

The Decline of the Rose

The KIO Towers as a Symbol of Crisis

The Decline of the Rose
Opinion 

The Decline of the Rose

The KIO Towers as a Symbol of Crisis

Luis Fernández-Galiano 
08/01/1993


La década rosa ha producido arquitecturas salmón. Durante los prósperos ochenta, la adrenalina financiera levantó edificios que pertenecían por derecho a las páginas asalmonadas de los suplementos económicos. Las torres inclinadas de KIO (Kuwait Investment Office), en la madrileña plaza de Castilla, han sido el último y más formidable ejemplo de esa arquitectura del dinero. Cuando, el pasado diciembre, la crisis del grupo kuwaití obligó a interrumpir la construcción de las torres, la imagen emblemática de la obra detenida sirvió para ilustrar su naufragio financiero. Desde ese día, las torres gemelas, que habían simbolizado el pragmatismo neoliberal de la política madrileña, pasaron a representar el declive del economicismo agreste que ha hecho de las ciudades junglas urbanas.

Premonitoriamente, los arquitectos proyectistas de las torres —Philip Johnson y John Burgee— se habían declarado en quiebra tres meses antes, después de un enconado forcejeo por el control de la firma y sus clientes entre el anciano Johnson y su socio, que condujo a un litigio jurídico y a la insolvencia posterior. A sus 86 años, el rostro mefistofélico del gran patrón de la arquitectura norteamericana sonreía a los lectores desde la página primera de The Wall Street Journal; Philip Johnson —que introdujo en Estados Unidos el Estilo Internacional en los años treinta, lanzó el Posmodemo a principios de los ochenta con una famosa portada de la revista Time, y apadrinó el Deconstructivismo con su exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1988— situaba por fin su arquitectura en el lugar que hace tiempo le corresponde: en los titulares de la información económica.

A semejanza de lo ocurrido con sus clientes en España, el derrumbamiento de la firma de Johnson ha sido una historia que combina la ambición y la codicia, el deseo de reconocimiento profesional y la voluntad de poder económico. Los lectores de diarios conocen de sobra las intrigas urdidas en tomo a las torres de KIO, desde la época de Cartera Central y los Albertos hasta el ínclito Javier de la Rosa —el último representante de los inversores kuwaitíes—, con un reparto de protagonistas que parece un casting panorámico del dinero caliente de los últimos ochenta; pocos sabrán, sin embargo, que por esos años Philip Johnson era el arquitecto más influyente y poderoso de Nueva York.

Su oficina facturaba alrededor de 1.500 millones de pesetas anuales, permitiendo a cada uno de los tres socios que entonces la formaban —Johnson, Burgee y Ahuja— obtener unos ingresos superiores a los 100 millones de pesetas al año; y Philip Johnson ejercía, a través del control del MoMA y sus legendarios almuerzos en el restaurante Four Seasons, un poder cultural omnímodo en la arquitectura de la ciudad. El crítico de arquitectura del izquierdista Village Voice, Michael Sorkin, señalaba en cierta ocasión que sus crónicas de Nueva York se estaban transformando en ‘filípicas’: todos los hilos de la ciudad conducían a la mano sagaz del anciano Johnson.

La única marioneta que el arquitecto no pudo controlar fue la más cercana: su veterano socio John Burgee, que a los 58 años pensó que había llegado el momento de salir de la inmensa sombra que sobre él proyectó siempre Johnson, 38 años más viejo, pero aparentemente inmortal y desde luego injubilable. Burgee, que estaba al frente de la oficina, cambió el nombre de la firma, omitiendo el nombre de Johnson, y prohibió al mismo la entrada en la sala de delincación de los proyectos. Todo fue en vano: para conseguir el control de la empresa Burgee tuvo que despedir a Philip Johnson y al tercer socio, el arquitecto de origen indio Raj Ahuja, al que un arbitraje concedió una indemnización de 1.400 millones de pesetas. Este mazazo económico y la desbandada de los clientes acabó con la firma.

Arquitecturas salmón

Es inevitable desear que las caídas de Philip Johnson y Javier de la Rosa auguren un punto de inflexión en la cruel arquitectura que la codicia y el cinismo ha sembrado en nuestras ciudades. En los ochenta, la especulación estética y la económica marcharon de la mano, persuadidas ambas de que la fortuna sonríe a los audaces: el enriquecimiento rápido del ‘pelotazo’ y la fama instantánea del impacto mediático poblaron de escualos el mundo cultural y el financiero. La arquitectura producto de esa alianza escasamente santa ha sido tosca, vacua o, como en el caso de las torres de KIO, ambas cosas a la vez.

Las páginas salmón de los diarios han glosado suficientemente los pies de barro económicos de las moles de la plaza de Castilla; quizá corresponde a las páginas culturales mostrar lo endeble de sus cimientos simbólicos. Operación tanto más necesaria cuanto que sus promotores, después de bautizarlas con el pomposo nombre de ‘Puerta de Europa’, sufragaron una costosa campaña de publicidad que comparaba la construcción de las torres con la de la Tour Eiffel parisiense, estableciendo así nítidamente su ambición de levantar el edificio más característico de la capital de España.

Al final del paseo de la Castellana, las torres gemelas rematarían el eje norte-sur de la ciudad conformando una puerta alegórica en el camino que conduce hacia la Europa de la prosperidad. Su inclinación recíproca esbozaría el gesto de cierre de ese arco triunfal, cruzándose imaginariamente en el espacio como cruzan sus sables los compañeros castrenses del recién casado. Las bodas de España con Europa tendrían su expresión feliz en dos torres escoradas que rendirían homenaje simultáneo a la proeza técnica y a la sensibilidad descoyuntada y diagonal de los últimos ochenta. Esos prismas inclinados se recortarían en el perfil de Madrid como un rasgo inconfundible y, olvidadas las polémicas, serían tan admirados y queridos como es hoy la Tour Eiffel, otro alarde constructivo incomprendido en su tiempo.

Por desgracia, no se puede descartar que ése sea el veredicto de la historia y la opinión mudable. Mientras tanto, algunos de sus contemporáneos juzgaremos las torres de KIO como unos rascacielos mediocres, producto de la razón inmobiliaria y la sinrazón urbana, diseñados por una oficina corporativa norteamericana como un producto de segundo orden para el consumo de un país periférico. Asimétricos respecto al eje que culminan, rechonchos de proporciones, esquemáticos en el grafismo banal de la fachada que ahora faldea el edificio, convencionales en la solución estructural —pese a la ingenua pendiente de los volúmenes— y groseramente insertos en la ciudad, estos rascacielos de oficinas no resistirían la mirada de Sullivan, que hace ya casi un siglo, cuando comenzaron a surgir en América, se propuso interpretarlos «bajo el prisma del arte».

Gemelas univitelinas

Desde la mirada actual, sólo algunos contrastes redimen su presencia. Si las comparamos con su más notorio vecino, el edificio de los Juzgados en la misma plaza de Castilla, habrá que convenir que las torres expresan mejor el anonimato burocrático que los Juzgados la dignidad de la institución que albergan; si las contrastamos con el último añadido navideño al perfil de la capital, el remate art déco de las Torres de Colón, también será necesario reconocer que la geometría dislocada de los edificios de KIO tiene una rotunda contemporaneidad que lo distancia del posmodemo ajado de los nuevos tocados colombinos; si, por último, traemos a colación la otra pareja de torres levantada simultáneamente en la Villa Olímpica de Barcelona —una de las cuales, diseñada por el norteamericano Bruce Graham, de Skidmore Owings & Merrill, ha quedado también sin terminar por quiebra de la promotora— de nuevo en este caso deberá admitirse que las gemelas madrileñas hacen mejor pareja (quizá porque son univitelinas) que sus desdichadas congéneres mediterráneas.

Más difícil es pensar que las torres de KIO tengan alguna relación con Europa, ya que expresan más bien la progresiva americanización de las ciudades de nuestro continente. Ese proceso, del cual es Madrid pionera en España, tiene entre la joven vanguardia arquitectónica numerosos defensores, y a nadie sorprenderá saber que el más elocuente de los mismos, el holandés Rem Koolhaas, considera nuestras torres inclinadas como la obra más interesante de la ciudad.

Las arquitecturas emblemáticas del dinero tienen numerosos abogados y son, sin lugar a dudas, características de nuestra época y eficaces símbolos del poder y de las ideas contemporáneas; pero su análisis pertenece más bien a los suplementos de negocios de los diarios. Las páginas de cultura deben limitarse a registrar su existencia y a expresar el pío deseo de que algunas quiebras anuncien su declive. Que así sea.


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