Queríamos un Calatrava

Ascenso y caída de un arquitecto estrella

Llátzer Moix 
30/11/2016


Cuando asomó el siglo XXI, Santiago Calatrava Valls era una celebridad global. Su nombre solía aparecer en la prensa seguido de oraciones del tipo «prestigioso arquitecto español que triunfa en el mundo». Es verdad que el único profesional de nacionalidad española en el palmarés del Premio Pritzker era —y sigue siendo— Rafael Moneo, laureado en 1996. Pero, en los albores de la actual centuria, Calatrava tenía en proyecto o construcción decenas de obras en ciudades tan dispares y distantes entre sí como Milwaukee o Atenas, y había protagonizado ya numerosísimas publicaciones y exposiciones, además de acumular con avidez de coleccionista doctorados honoris causa y una larga lista de galardones.

La preocupación de Calatrava era entonces exprimir hasta el último segundo las horas del día y multiplicarse para atender la gran cantidad de compromisos que asumía, acaso más llevado por la ambición que por la sensatez, entendiendo aquí esta última como la posibilidad de dedicar a cada uno de ellos toda la reflexión que precisaban.

Aun así, la vida siguió sonriendo a Calatrava. Grandes ciudades que todavía no tenían una obra suya habían empezado a sentirse incompletas sin ella, como si de repente les hubiera sido descubierta una insufrible carencia. Alberto Ruiz Gallardón, entonces alcalde de Madrid, manifestó en 2004, al presentar el proyecto de Calatrava para la plaza de Castilla, que la ausencia de obras del autor en la capital «era una herida que nos dolía».

Un año después, en Nueva York, Calatrava y su hija Ana Sofía escenificaron el arranque de su obra para el intercambiador de transportes de la Zona Cero. Lo hicieron liberando un par de palomas que querían simbolizar ni más ni menos que el ánimo de una ciudad dispuesta a remontar el vuelo tras ser atrozmente golpeada por el terrorismo. Ese mismo año ondearían en la fachada del Metropolitan Museum neoyorquino banderolas que anunciaban exposiciones de Fra Angelico, Van Gogh y… Calatrava.

El mundo amaba a Calatrava. Era el admirado, el aclamado, el deseado e incluso el envidiado. Sus frecuentes apariciones en los medios de comunicación se contaban por parabienes y aplausos. Calatrava parecía estar a un paso de la canonización en vida.

Fue entonces cuando su carrera empezó a torcerse. En los últimos años, la saturación positiva ha ido dando paso a otra de signo contrario. Calatrava y su obra siguen ocupando a menudo páginas y páginas en los diarios. Pero ahora es con frecuencia porque sus edificios acumulan demoras durante la fase de construcción y generan cuantiosos sobrecostes. O porque no satisfacen las expectativas creadas. O porque exigen pronto reparaciones y costoso mantenimiento. O porque habiendo sido concebidas como emblema del progreso de una comunidad se convierten en estandartes de su ruinosa gestión…

¿Qué ha cambiado? ¿Qué ha hecho Calatrava para suscitar, primero, tanto encomio y, luego, tanto oprobio? ¿Cómo ha logrado el mirlo blanco metamorfosearse en negro cuervo de mal agüero? ¿Por qué el artículo que dedica Wikipedia a Calatrava ha llegado a conceder más espacio a sus problemas que a sus soluciones? ¿Por qué no pocos clientes que le adularon le dedican hoy en ‘petit comité’ epítetos impublicables y añaden, para disolver cualquier duda, que no volverán a contratarle nunca jamás?

Dar respuesta a estas cuestiones es el propósito de Queríamos un Calatrava. Y, de paso, arrojar alguna luz sobre el modus operandi del arquitecto. El método de trabajo ha consistido en seleccionar una serie limitada pero representativa de obras. En visitarlas armado con bloc de notas y bolígrafo. Y en hablar con algunos de los clientes que las encargaron, de los colaboradores de Calatrava que desarrollaron sus proyectos, de los promotores y técnicos que las ejecutaron, de los periodistas que siguieron de cerca su construcción, de los encargados de su mantenimiento y de las personas que las usan o habitan, además de con otros arquitectos, ingenieros, urbanistas o activistas sociales directa o indirectamente relacionados con ellas.

Naturalmente, en el grupo de fuentes consultadas no debía faltar el propio Santiago Calatrava. Pero cuando solicité audiencia para conversar sobre su trayectoria, obtuve una respuesta negativa. En consecuencia, este es un trabajo al que podría aplicarse el marchamo de ‘no autorizado’, puesto que ha sido elaborado sin la participación de su protagonista y sin su beneplácito. No lo subrayo aquí como un mérito o un demérito, sino como un dato objetivo.

Aun sin su colaboración, me atrevo a afirmar que esta obra reúne pinceladas suficientes para esbozar un retrato de Calatrava más verista, o al menos más contrastado, que el que nos brindan sus hagiógrafos. Ciudad a ciudad, proyecto a proyecto, los rasgos de su personalidad van aflorando. Así descubrimos en la temprana estación de Stadelhofen, en Zúrich, a un arquitecto cultivado, sorprendente y muy prometedor. En la obra del puente de Bac de Roda, en Barcelona, a un Calatrava zalamero, dado al agasajo, que se desvive por ganar aliados y allanarse el camino en su país natal. En la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, a un mago de la seducción capaz de anular la voluntad del cliente. En el puente del Alamillo de Sevilla, a un profesional que se arropa con la bandera de la audacia y la innovación, pero consiente que su obra se materialice siguiendo métodos constructivos indignos de tal enseña. En el puente Zubi Zuri de Bilbao, en cambio, nos topamos con un tipo pugnaz, más celoso de la estética y la integridad de su obra que de su funcionalidad, que no duda en llevar a juicio a su cliente por un desencuentro menor. En el auditorio de Santa Cruz de Tenerife, se manifiesta ya plenamente el proveedor de formas arquitectónicas exuberantes, diríase que indiferente a los sobrecostes que de tal exuberancia se derivan. En su descartado proyecto para la remodelación del Reichstag de Berlín, descubrimos a un mal perdedor, que no olvida las afrentas sufridas ni es ajeno al rencor. En el Milwaukee Art Museum, encontramos al profeta —tantas veces desmentido, pero no aquí— de los edificios dotados de movimiento. En el Turning Torso de Malmö, al aprendiz de brujo que cree poder usar a los medios de comunicación en su beneficio y acaba sufriendo sus revelaciones. En la nonata ópera de Palma de Mallorca, a alguien que se arrima a políticos sin escrúpulos. En las instalaciones olímpicas de la luego depauperada Atenas, al suministrador de lujosas escenografías televisivas. En la columna de Madrid, al artista elegido para regalar al pueblo, que acaba endosándole una onerosa carga de por vida. En el puente de la Constitución de Venecia, a la estrella que contribuye significativamente a que el privilegiado encargo para construir la cuarta pasarela sobre el Gran Canal se convierta en un escándalo de eco internacional. En el Palacio de Congresos de Oviedo, al arquitecto de un fiasco que compendia excesos anteriores con otros más novedosos, como un derrumbe parcial de la obra durante la fase de construcción. Y, en el intercambiador de transportes de Nueva York, que cierra la relación de obras revisadas con algún detalle, a alguien dispuesto a trocar la egolatría por una aparente humildad, a aceptar lesivos recortes con tal de conservar un encargo de enorme repercusión mundial.

El propósito no es derribar a Calatrava de su elevado pedestal, sino responder a las preguntas expuestas más arriba y, en el camino, presentarlo como le han visto quienes le han tratado en los últimos treinta años, sin afeites o verdades parciales servidas por gabinetes de imagen, por corifeos o por el propio artista, que es un portento en las labores de autobombo.

Este texto es un extracto de Queríamos un Calatrava, de Llàtzer Moix, publicado recientemente por Anagrama.


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