Sociología y economía  Opinión 

Los pequeños placeres

El futuro de la arquitectura

François Chaslin 
31/05/2013


La arquitectura se angustia, vacila; un peligro la amenaza: su disolución, su fragmentación y dispersión en otras profesiones. Es un peligro de muerte que forma parte del curso general del mundo. ¿Qué quedará entonces de este oficio, de su vieja gloria, de su ostentación de antaño? ¿Hacia dónde la conducirán tanto la nueva organización del trabajo como los valores que dominan nuestra época, los del liberalismo económico y la globalización?

Las décadas de prosperidad continuada tras el fin de la II Guerra Mundial nos habían acostumbrado a entender la arquitectura desde lo productivo —las grúas puente y la prefabricación, los grandes complejos y equipamientos, las nuevas ciudades—, lo que condujo a reflexionar sobre temas sociales, como un signo de su confianza en el progreso. Los años posmodernos dieron cuenta de una decepción colectiva: retorno a la historia, a los estilos y los símbolos, al genius loci, así como al reencuentro con la ciudad antigua y el patrimonio. Más tarde, los arquitectos sintieron que el control sobre el territorio se les escapaba de las manos. Comprendieron que la ciudad no era sólo una máquina funcional, como habían querido los modernos, ni una obra de arte, como decían los posmodernos, sino una realidad indomable, la substancia irreducible de la ‘ciudad genérica’—como la denominó Koolhaas—, un proceso que se despliega sobre todo el mundo o, mejor, el nuevo mundo que hoy surge sobre todo en los países emergentes. Es la ciudad sin identidad propia que se extiende de Lagos a Vancouver: bulldozer indiferente a los paisajes que ocupa y a la historia que lamina. En este contexto, la sensación paralela de que Europa está ‘museificándose’ no es más que una ilusión, pues las fotografías tomadas desde el espacio muestran otra realidad: las conurbaciones nada tienen que ver con las separaciones tajantes y tranquilizadoras que antaño se establecían entre la ciudad y el campo; en todas partes se da el crecimiento, la hipertrofia urbana.

Los años de la globalización, de la primacía de lo económico, han cambiado, pues, los temas y los valores: el lujo, la moda, el hedonismo y el individualismo, el consumismo cultural y el turismo generalizado, las exigencias de competitividad, el marketing y el poder de los medios. De ellos ha surgido, a menudo, una arquitectura espectacular, inspirada en el modelo del Guggenheim de Bilbao.

¿Deberíamos entonces desesperarnos? ¿Se ha acabado la arquitectura? Evidentemente, no, pues la arquitectura es un arte fundamentalmente plástico, flexible, oportunista y capaz de rehacerse incesantemente sobre nuevos principios. Y hoy se han abierto nuevos caminos. En primer lugar, los técnicos, económicos y, sobre todo, ecológicos al calor de la angustia energética que, por un lado obliga, a construir mejor y, por el otro, genera nuevos imaginarios creativos basados en el uso de materiales como la madera y la tierra. En segundo lugar, los sociales: el interés por los asentamientos informales, el reciclaje y la rehabilitación. Finalmente, los culturales, debido a la internacionalización de los hábitos de las élites, igual de burguesas y bohemias en todas las partes del planeta.

Como la música, como la literatura, como la pintura o la escultura, la arquitectura, además de ser una compleja disciplina técnica, es un arte. Esto implica que sabe llevar a su terreno cualquier momento, cualquier coyuntura económica o cultural, dando lugar a actitudes siempre nuevas. Así que, entre un objeto sorprendente de Gehry o de Nouvel, las bromas de alguno (la arquitectura puede también bromear) y los pequeños placeres cotidianos —una casita en el campo, las microarquitecturas diversas—, siempre hay espacio para la reflexión o para una experiencia de índole espacial, estética o social. Uno de los cargos más apreciados del Antiguo Régimen era el de ‘Arquitecto de los Pequeños Placeres del Rey’: acaso también hoy, después de todo, estemos al final de un régimen antiguo.


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