Beata arquitectura española

Beata arquitectura española

Beata arquitectura española

Ignasi de Solà-Morales 
01/01/1994


El equívoco de un anuario es que tiende a unificar aquello que desde muchos puntos de vista es, en realidad, disperso. En un tiempo en el que la percepción que podemos tener de las cosas, de la arquitectura, por ejemplo, está completamente media-tizada, lo que se siente ante una selección como la que presenta este número no es tanto la tentación de proponer otra distinta, sino la de intentar entender qué es lo que puede leerse, entre líneas, en una antología de la arquitectura española que inmediatamente tenderá a convertirse en canónica por la homologación que la misma selección ejerce.

Aun cuando esta selección sea deliberadamente plural, geográfica, generacional y temática, un lector que llegue con cierta distancia a la lectura de este anuario intentará escudriñar el juego de interrelaciones que se establece entre todas estas obras y qué es lo que permite entenderlas como un panorama representativo de la arquitectura interesante que se produce hoy en España.

Pero ¿cuáles son estas líneas transversales que cruzan de un lado a otro, de una ciudad a otra, de jóvenes a maduros arquitectos? En mi opinión, si fuera posible ponerse en los ojos de un observador lejano, olvidando las historias de familia, los rasgos comunes serían bastante evidentes.

Ante todo, existe una esponjosa capacidad para aprender de todas las arquitecturas. No de todas las cosas, como en el experimento venturiano, sino, mucho más internamente, de otras arquitecturas. Es sorprendente que en un país de pocos despliegues teóricos y de tímidos experimentos radicales, la materia de la arquitectura sea, sobre todo, la propia arquitectura. Parece difícil encontrar en otros contextos culturales tanta autorreferencialidad, tanta re-flexión, en el sentido literal de la palabra, como en la arquitectura española.

La nuestra es una arquitectura para connaiseurs, para iniciados. No porque se mueva en el universo pedante de las citas, las alusiones desconcertantes y a veces literarias, sino porque la materia de nuestra arquitectura son las imágenes, las figuras, los gestos y las texturas de otras arquitecturas sin cuya previa existencia sería insoportable el complejo juego de narraciones hechas desde lenguajes previamente desplegados.

No se trata exactamente de eclecticismo, que sería una actitud demasiado cínica y pesimista; tampoco se trata de una actitud mimética: la pura reproducción de otras corrientes o —como se habría dicho hace un siglo— de otros estilos. Lo que caracteriza esta arquitectura española de hoy es su macerada digestión de la arquitectura actual de todo el mundo, su libre reelaboración, su capacidad para construir nuevas obras comprensibles como ‘metadiscursos’, como lenguajes que no se fundamentan en una confrontación cruda y directa con la realidad, sino que siempre se apoyan en la complicidad de lo ya elaborado y reconsiderado en segunda instancia.

Pero es también significativo que esta característica de la autorreferencialidad se desarrolle paralelamente a otro rasgo común que quiero mencionar en segundo lugar. Me refiero al preciosismo.

La nuestra es una arquitectura un tanto torera: elegante, primorosamente acabada, un punto gratuito, no en el sentido de la banalidad formalista, sino en aquello en que lo gratuito tiene que ver con lo grácil, lo gracioso o lo gratificante.

Más que una arquitectura de ideas, es una arquitectura de experiencias: nada programática, singular en cada ocasión, hábil recuento de multitud de solicitaciones que están en el lugar, en la tipología, en el hallazgo plástico, en la cuidada economía, en una aparente evidencia.

En una situación cultural donde el nihilismo, el horror, la vulgaridad y la obsolescencia parecen dominarlo todo, la arquitectura española ya no puede —¡quién es capaz de ello hoy en día! — buscar la belleza como valor definitivo. Pero entre la pretensión de ofrecer las grandes palabras absolutas y la dimisión ante el mar de formas y lenguajes anónimos, inconexos e insignificantes que todo lo llenan, las arquitecturas que se muestran en este anuario, cada una a su aire, en una instantánea fugaz, pretenden ofrecer palabras positivas, agradables, satisfactorias, casi optimistas.

Poca arquitectura en el mundo se esfuerza tanto en remachar el clavo del acabado, de la pequeña escala, del detalle convertido en nuevo episodio. Desde los más barrocos a los más puristas; desde los más agresivos hasta los más bondadosos: los arquitectos españoles de hoy, tanto en los encargos públicos como en los privados, en la pequeña o en la gran escala, no juegan ni al laconismo ni a la impenetrabilidad.

La suya es una gaya ciencia, una minuciosa representación en la que redundancias o excesos, afirmaciones y negaciones, diversidades y pluralismos acaban estableciendo unas arquitecturas levemente sonrientes, no poco autosatisfechas, todavía bajo las alas de la felicidad ilustrada que una schilleriana educación estética del hombre mantiene como promesa.

En los paraísos de la arquitectura española hoy por hoy no aparecen ni la violencia ni la marginación; ni la crisis económica ni los conflictos con el medio ambiente. Como habría dicho Tierno Galván, estamos todavía en la cultura del espectáculo sin, aparentemente, haber sufrido la pérdida del sentido producida por una civilización de la trivialización. 


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