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La ciudad, entre los dichos y los hechos

Marta García Carbonero 
31/10/1999


Si podemos identificar el año de 1933 con el nacimiento de las bases teóricas de la ciudad moderna—debatidas con intensidad durante el legendario crucero del CIAM IV entre Marsella y Atenas—, un consenso parecido puede alcanzarse con la fecha de 1966 y las nuevas vías abiertas para la revisión de sus resultados con la publicación de Complejidad y contradicción en la arquitectura, de Robert Venturi, y La arquitectura de la ciudad, de Aldo Rossi. El giro que este hito editorial supuso es el arranque elegido por Vittorio Magnago Lampugnani para ilustrar —tanto desde la teoría como desde la práctica— el devenir de las ideas en tomo a la ciudad del último tercio de siglo.

Este doble retrato es fruto del consenso. Asesorado por un comité científico internacional, el editor —profesor en la ETH de Zúrich y director del Deutsches Architekturmuseum entre 1991 y 1995— ha seleccionado 18 textos y 22 proyectos, buscando perfilar el debate con el más amplio espectro posible. En el plano teórico, los extractos de las obras de Venturi y Rossi ya mencionadas aparecen junto a escritos de Maki o Kurokawa que ilustran las preocupaciones metabolistas por redefinir lo público a partir del concepto de formas-grupo, o la reivindicación de la urbe como ensamblaje de fragmentos de utopía hecha en la década siguiente por Colin Rowe y Fred Koetter en Ciudad collage. Los ejemplos más recientes dan cuenta de la creciente dispersión de actitudes frente a lo urbano, cuyos extremos podemos localizar, por un lado, en Léon Krier y sus propuestas para recuperar las virtudes de la ciudad tradicional —renunciando a la zonificación y la industrialización constructiva— y por el opuesto, en la incitación de Rem Koolhaas a desistir de todo control sobre la realidad cambiante de la metrópoli para asumir los vaivenes del hecho urbano como vector de lo creativo.

Mostrando las consecuencias construidas de lo anterior, muchos de los autores de la primera parte son sometidos a la difícil prueba de confrontar lo que predican con los imperativos de una localización, un programa y un cliente concretos. Así, Fumihiko Maki con Hillside Terrace, Aldo Rossi con el nuevo puerto de Marsella (abajo), Léon Krier con Poundbury y Rem Koolhaas con Euralille hacen doblete junto a arquitectos que, apoyándose en lo construido, definen actitudes particulares de hacer ciudad. Peter Eisenman y el Rebstockpark de Frankfurt, Renzo Piano y la Potsdamer Platz berlinesa, Alvaro Siza y el Chiado lisboeta, entre otros, completan de esta manera el cuadro; una síntesis útil para pensar la ciudad que viene. 


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