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La materia toma cuerpo

Fenomenología arquitectónica

La materia toma cuerpo
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La materia toma cuerpo

Fenomenología arquitectónica

Eduardo Prieto 
28/02/2011


Convertida para los filósofos en una escolástica poética e inofensiva, la fenomenología busca en la arquitectura una segunda oportunidad. El esplendor creativo de las ideas de Husserl, Heidegger y Merleau-Ponty fue durante las décadas posteriores a la II Guerra Mundial el caldo de cultivo para que algunos arquitectos y críticos, hastiados ya del maelstrom empobrecedor de la modernidad, tejiesen la urdimbre teórica de una reacción sensualista y memoriosa al canon internacional. Tal fue el caso de Christian Norberg-Schulz y Kenneth Frampton al construir una tentativa de fenomenología arquitectónica que fecundó por un tiempo el postmodernismo en ciernes antes de recaer en un conveniente olvido, triunfantes ya el deconstructivismo antihumanista, primero, y el boom de la arquitectura icónica, después. A la explosión de la burbuja globalizadora ha seguido, sin embargo, una renovada inclinación por la pequeña escala y la materialidad de la arquitectura, a cuya lógica pendular se unen otros intereses nuevos, en particular la atención filosófica prestada ahora al concepto de ‘atmósfera’ por una tercera generación de fenomenólogos declarados —Henri Maldiney, Jacques Garelli— o disimulados —Martin Seel, Gernot Böhme—, cuya influencia en la arquitectura comienza a sentirse.

Coincidiendo con este inesperado retorno a lo existencial y lo sensitivo y nutridos por las ideas de los maestros filosóficos de la primera mitad del siglo XX, dos libros tratan de manera disímil este renovado interés por la fenomenología. El primero de ellos, publicado bajo el sugerente título Una arquitectura de la humildad, recoge una serie de artículos elaborados por el arquitecto y crítico finés Juhani Pallasmaa a lo largo de los últimos treinta años. Seleccionados con afinidad electiva por Luis Martínez Santa-María, los textos, de dispar interés, dan cuenta del particular mundo intelectual del autor de Los ojos de la piel, y es posible hallar en ellos —obviando los de los años 1970 y 1980, que han envejecido muy mal— planteados in nuce algunos de los argumentos en que ha fundado el autor su crítica a la arquitectura contemporánea, a partir de la denuncia de su carácter narcisista, nihilista y retiniano. Narcisista porque parece elaborarse exclusivamente para mayor gloria del arquitecto; nihilista porque no refuerza las estructuras sociales ni culturales, limitándose a mimetizar las prácticas consumistas del capitalismo triunfante; finalmente, retiniana, porque descansa sobre el concepto de forma, correlato objetual del ojo perspectivo albertiano que, según Pallasmaa —inspirándose sin duda en los Estudios Visuales, desde Erwin Panofsky hasta Martin Jay— ha abocado al sujeto moderno a adoptar una postura pasiva frente a su entorno. Para evitar que la arquitectura caiga irremisiblemente en la mera estetización, Pallasmaa propone una arquitectura multisensorial —basada en el concepto de ‘hapticidad’ construido por Bernard Berenson y Henrich Wölfflin— capaz de generar atmósferas existenciales donde el hombre, a través de su cuerpo, pueda recuperar la relación con la materia.

La materia es precisamente el tema abordado por el segundo libro de raiz fenomenológica que reseñamos, escrito por el profesor Fernando Espuelas, y que tiene también un título evocador y eficaz: Madre Materia. Aceptando el carácter escurridizo del término, el libro se construye mediante un método de tanteo —de verdadero ‘ensayo’— que va dando cuenta de los aspectos físicos de la arquitectura en su careo con otros conceptos afines como la forma, el tiempo, el trabajo o el cuerpo. El texto, compuesto como un collage de citas profusas —que en ocasiones resultan algo fatigosas— se va tejiendo, empero, con rigor y sosiego, con la vocación de sugerir ideas más que de definir conceptos, por lo que, al final, el resultado acaba siendo una prolija poética de la materia: elegíaca, unas veces; hímnica, otras.

Desde luego, preferiríamos contar con la dimensión hímnica de la materia: aquélla que trabaja con la luz, que moldea el espacio, que convierte a la arquitectura en cosas concretas que, sin embargo, nunca dejan de ser indeterminadas. Y descreer de lo elegíaco: ese lamento por lo que se ha perdido, esa tentación de caer en la pretendida ‘jerga de la autenticidad’ que es tan afín a la fenomenología arquitectónica y que, en parte, explica su inoperancia creativa. 


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