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Claude Lévi-Strauss, 1908-2009

François Chaslin 
31/08/2009


La muerte de Claude Lévi-Strauss con más de cien años ha dado lugar a infinidad de comentarios entre los que faltaba, quizás, un punto de vista desde la arquitectura y la ciudad. Una ciudad de la que Lévi-Strauss había escrito en Tristes trópicos, en 1955, que tenemos derecho a compararla con «una sinfonía o un poema», y no sólo «de manera metafórica» pues, a su juicio, «son dos objetos de la misma naturaleza. Quizá más preciosa aún, la ciudad se sitúa en la confluencia de la naturaleza y el artificio. Congregación de animales que encierran su historia biológica dentro de sus límites y que al mismo tiempo la moldean con todas sus intenciones de seres pensantes, la ciudad, por su génesis y por su forma, depende simultáneamente de la procreación biológica, de la evolución orgánica y de la creación estética. Es a la vez objeto de la naturaleza y sujeto de cultura;?es individuo y grupo; es vivida e imaginada: la cosa humana por excelencia.» 

Los estudiosos de la ciudad han acudido a menudo a los antropólogos, sobre todo a partir del final de los años sesenta, pero sin duda Lévi-Strauss destacó como el más leído entre todos ellos. En especial por Tristes trópicos, con sus famosos análisis de la planta del poblado bororo, que mostraba hasta qué punto «el sistema construido está saturado de significados». Son palabras de Françoise Choay, cuyo papel ha sido esencial en la toma de conciencia de lo que ella llama el ‘estatus antropológico del espacio’. 

Sin embargo, más allá de las cuestiones acerca del simbolismo y el significado, lo que más ha fascinado a los arquitectos es el concepto mismo de ‘estructura’ tal y como se recoge en los textos de Lévi-Strauss Las estructuras elementales del parentesco y Antropología estructural, realizadas bajo la influencia de Roman Jakobson. El estructuralismo, entendido como una fusión de las humanidades, fue el encargado de unir la lingüística saussureana y la semiología con el psicoanálisis lacaniano o el marxismo althusseriano. Y también, por qué no, con la arquitectura y el urbanismo, donde tramas, módulos, espacios y articulaciones podrían entenderse como la transcripción material de hechos antropológicos, relacionales o simbólicos. 

En Estados Unidos, Colin Rowe y Fred Koetter, que publicaron en 1978 Ciudad collage, hallaron en El pensamiento salvaje (1962) un arquetipo de gran éxito entre los profesionales de la ciudad: el bricoleur, entendido como el que trabaja con «los residuos de la actividad humana». Una figura a la que opondrán la del ingeniero, el héroe de las arquitecturas modernas quien, al contrario, «interroga al universo», busca siempre la lógica global, la estructura general, está obsesionado con la metodología y actúa desde el ‘espíritu de sistema’. «El ingeniero», escribía Claude Lévi-Strauss, «busca abrir una senda y situarse más allá, mientras que el bricoleur, de buen grado o por la fuerza, permanece de este lado, lo que es otra manera de decir que el primero opera por medio de conceptos, y el segundo por medio de signos.»


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