Opinión 

Construcciones vivas

Luis Fernández-Galiano 
30/04/2009


Antes o después, esta revista tenía que ocuparse de la arquitectura de la vida. En el 200 aniversario del nacimiento de Darwin —que es también el 150 de la publicación de El origen de las especies—, Arquitectura Viva ha querido sumarse a la efemérides, que por cierto coincide con nuestro propio veinticinco aniversario, con un número en el que doce construcciones se enredan con el mundo vegetal hasta confundirse con él, y otras cuatro proponen alojamientos para diferentes animales que replican o evocan su entorno natural. Esta doble excursión arquitectónica a la botánica y a la zoología se complementa con un examen de la influencia de las ideas darwinistas en el diseño —propiciando que los objetos o los edificios se interpretaran como producto de la evolución de las formas—, y con un extenso relato de los orígenes en Kenneth Snelson y Buckminster Fuller de la tensegridad, un concepto que aplicado a organismos o incluso a células permite dar pasos hacia la ‘gran unificación’ de la biología, como en su día hiciera la teoría de la evolución.

Este último artículo, del médico y científico Pedro García Barreno, que publicamos aquí aliviado de citas y aparato bibliográfico, tiene a mi juicio una importancia excepcional, porque sobre documentar con rigor los inicios zigzagueantes de la tensegridad en la arquitectura, el arte y la ingeniería, vincula este trayecto con la más reciente investigación biológica, ofreciendo destellos deslumbrantes sobre lo que la biotensegridad puede suponer hoy para el conocimiento del mundo vivo y para la fertilización cruzada entre la biología y el diseño. Cuando los museos de Ciencias Naturales homenajean a Darwin —desde el de Madrid con las láminas de animales trazadas por Albertus Seba, un farmacéutico holandés del siglo XVIII, y hasta el Fitzwilliam de Cambridge con su muestra sobre los fundamentos visuales del pensamiento evolutivo— todos se recrean en la variedad infinita de las formas; pero el genio del científico residió en hallar la unidad subyacente a esa diversidad, y no otra cosa propone la biotensegridad actual.

Llegado a este punto, no tengo más remedio que desvelar una querencia personal que me impide transitar distraídamente por este asunto. Nieto, hijo y hermano de biólogos, he vivido inmerso en esa disciplina, fui director de una serie sobre biología y diseño que en 1980 publicó la primera edición en español de Sobre el crecimiento y la forma —la obra clásica de D’Arcy Thompson que desde su aparición en 1917 tanta influencia ejerció sobre las vanguardias—, además de libros sobre el diseño mecánico en los organismos o las analogías biológicas en la arquitectura, y mi tesis doctoral de 1982 sobre arquitectura y termodinámica acabaría dedicando apartados a los vínculos entre edificios, seres vivos y máquinas, a la relación paradójica entre evolución y entropía, o a los mecanismos orgánicos como inspiradores de una construcción biotécnica. Transcurrido más de un cuarto de siglo desde entonces, me atrevo a sugerir que la arquitectura puede todavía recorrer estos caminos, y el texto de García Barreno ofrece para ello un mapa y una brújula.


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