El gigante egoísta de Oscar Wilde cerró su jardín a los niños, y con ellos se fue la primavera. Los titanes tecnológicos de hogaño controlan ámbitos cada vez más exclusivos, pero su comportamiento insensible puede traer el invierno a sus reductos. El acrónimo BAADD —big, anti-competitive, addictive and destructive to democracy— se ha acuñado como respuesta a su poder ilimitado, que los ha hecho a la vez imprescindibles y amenazantes. Si Amazon, Facebook y Google son ‘standard commerce, standard social, standard data’, y si las tecnológicas se describen como ‘empresas de servicios públicos’, su regulación será tan inevitable como en su día la de la energía o las telecomunicaciones. Admiradas y temidas a la vez, y con el único riesgo de que innovaciones como el blockchain las desplace, estas compañías enormes —cuatro de las cinco mayores del mundo son tecnológicas— han entrado en el territorio de la arquitectura y el urbanismo con un puñado de obras y proyectos de singular trascendencia.

En Silicon Valley, alrededor de la Universidad de Stanford donde se gestó esta revolución, Apple y Facebook han levantado sedes casi exactamente opuestas en su espíritu, que sin embargo reflejan bien la sintonía entre cliente y arquitecto: el desaparecido Steve Jobs y Norman Foster expresaron con refinado laconismo sus afinidades estéticas en un anillo de inmaculada perfección; mientras Mark Zuckerberg y Frank Gehry hicieron confluir sus actitudes informales en un galpón cotidiano, caótico y amable, que Rem Koolhaas extenderá pronto con un conjunto residencial adecuadamente risueño y trivial. Por su parte, Google ha encomendado la construcción de su sede en el valle a la inesperada combinación de Bjarke Ingels y Thomas Heatherwick, cuya propuesta de carpas translúcidas con toldos sólo podrá realizarse parcialmente, obligando a una ampliación con un carácter más topográfico diseñada únicamente por BIG.

Más allá de la Bay Area, la propia Google pone en manos de la misma pareja de arquitectos su sede en Londres, e irrumpe en el diseño urbano con Sidewalk Labs, que construirá en Toronto un gran barrio frente al agua. Amazon, a su vez, alojada en Seattle en edificios anónimos aliviados por el icono de unas cúpulas de vidrio, ha convocado un disputado concurso entre ciudades para localizar su segunda sede, despertando un fervor similar al de las candidaturas olímpicas. E incluso Bill Gates promueve también el diseño urbano con Belmont, una smart city en el desierto de Arizona. Entre la fascinación por la tecnología y el recelo ante el poder de los nuevos agentes urbanos, quizá nos hallamos, como las dos ciudades de Dickens, en el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos... en la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Pero el jardín del gigante recuperó la primavera, y acaso nuestros titanes eviten el invierno. 


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