Opinión 

Los pedestales vacíos

El liderazgo de la crisis en Europa

Luis Fernández-Galiano   /  Fuente:  El País
30/09/2014


Miroslaw Balka

Europa es hoy un paisaje sin figuras, un jardín jalonado por pedestales vacíos. Los próceres han abandonado sus podios y vagan sonámbulos, sordos al rumor de la multitud. Hace un siglo los líderes europeos protagonizaron un gran guiñol que no impidió la carnicería de las trincheras, y las actuales élites políticas y económicas del continente se enfrascan de nuevo en un ballet ensimismado alrededor de la burocracia bizantina de Bruselas. Allí, las últimas elecciones se han percibido como un riesgo para el sistema, y no como una expresión del ‘estado del malestar’ creado por el capitalismo de casino y la corrupción de la meritocracia.

En un planeta cada vez más peligroso, donde Estados Unidos desplaza su atención a la pugna con la otra superpotencia en el Pacífico, Rusia recupera su protagonismo energético y militar, y el universo islámico acentúa su inseguridad convulsa, Europa sigue siendo un reducto de privilegio, aunque crecientemente asediado por riesgos exteriores y craquelado por fracturas internas. Sacudido en su legitimidad representativa, que ha adoptado rasgos autoritarios al hacer opaca la democracia y transparente al ciudadano, y debilitado en su cohesión territorial, al experimentar el renacimiento de nacionalismos divisivos, el continente se enfrenta a la tormenta sin figuras que inspiren confianza en el puente de mando.

La mayor parte de los jóvenes europeos desconoce felizmente el conflicto bélico, la opresión política o la pobreza extrema. Para ellos, la paz, la libertad y la prosperidad vienen de serie, y pocos son plenamente conscientes de la rareza histórica que supone su disfrute simultáneo. La transición española pudo hacerse porque en sus protagonistas estaba aún viva la conciencia de la guerra civil, pero hoy a la mayoría le cuesta reconocer que la paz no es gratuita ni está asegurada, como no lo están la libertad o la prosperidad. En Europa, la seguridad ha sido suministrada por una gobernanza militar estadounidense menos alerta que antaño, la libertad se ha incardinado en democracias liberales crecientemente desnaturalizadas, y la prosperidad ha provenido de unos mercados cada vez más frágiles.

Esta situación movediza de mudanzas sociales, transformaciones económicas y sismos geopolíticos debilita la red de solidaridad europea, haciendo más vulnerable a cada uno de los miembros de la Unión, que exacerban sus rasgos distintivos e intereses propios al tiempo que asisten a la eclosión de naciones con aspiraciones estatales, dibujándose en el horizonte una balcanización del continente que contradice su proceso integrador. François Mitterrand se despidió en 1995 ante el Parlamento Europeo con un discurso del que recordamos la frase que acuñó como testamento político, «le nationalisme, c’est la guerre», y enaltece a Angela Merkel el haber reiterado esta advertencia en fecha tan cercana como 2013, con ocasión de una solemne visita al Elíseo.

La crisis de legitimidad de las instituciones, la crisis demográfica y social, y la crisis territorial o nacional —tres crisis que en nuestro país se agudizan hasta el paroxismo— se abordan por estos líderes que no lideran sólo con declaraciones pasteurizadas o recetas de placebos, y en este contexto de parálisis de la democracia representativa no puede sorprender que surjan movimientos calificados peyorativamente de populistas, pero que acaso pueden describirse mejor como gérmenes de una democracia ‘performativa’, para usar el término empleado por la socióloga polaca Elzbieta Matynia.

La actual crisis de la representación ha provocado una agitación social que es a la vez riesgo y promesa, y el murmullo de la multitud ha desplazado el carisma hacia los márgenes, haciendo más evidente la ausencia de liderazgo en el núcleo cordial del sistema político y económico. Los pedestales están deshabitados, y por el jardín tardío deambulan los sonámbulos.

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