Opinión 

El laberinto y la vida

Aldo van Eyck, 1918-1999

El laberinto y la vida
Opinión 

El laberinto y la vida

Aldo van Eyck, 1918-1999

Luis Fernández-Galiano 
28/02/1999


Pocos meses antes de su muerte, acaecida el pasado 13 de enero, Aldo van Eyck celebró su octogésimo aniversario con la publicación en inglés de la biografía escrita por Francis Strauven. Para muchos de nosotros, el gran arquitecto holandés se podía resumir de forma telegráfica con un puñado de referencias: CIAM, Team X, Forum, Dogon, Orfanato, Sonsbeek, Hubertus, ESTEC. Esta trayectoria apocopada da cuenta de su intervención en los últimos CIAM, que contribuyó a disolver; de su formación del Team X con los Smithson, Candilis y su compatriota Bakema; de su dirección de la revista Forum, que se convirtió en el portavoz del espíritu insumiso de los sesenta; de su pasión por la arquitectura vernácula africana, y muy especialmente por la de la tribu Dogon de Mali; de su magistral orfanato de Ámsterdam, la obra más característica del estructuralismo holandés; de su demolido pabellón de esculturas Sonsbeek, emblema de la «claridad laberíntica» de ese estructuralismo humanista; de su residencia Hubertus para madres y niños con problemas, desconcertante en el laberinto sin claridad de sus geometrías; y de su sede para la Agencia Europea del Espacio, cuyo orden endecagonal y multicolor constituiría su última provocación. Tras leer la obra de Strauven, estos mojones biográficos se enriquecen con una constelación de personajes que permiten entender mejor las ideas y la obra de Van Eyck, y que van desde la extraordinaria pareja formada por sus padres (un poeta-filósofo dividido entre la diplomacia y la literatura, y una fogosa mujer nacida en Surinam que siempre vio en la antigua Guayana holandesa su paraíso perdido) hasta su esposa Hannie, que sólo se convertiría en su colaboradora a la edad en que otros se jubilan, y desde la carismática Carola Giedion-Welcker en el Zúrich apartado de la guerra, a los artistas del grupo CoBrA en el Ámsterdam experimental de la posguerra.

Cuando en 1994 se publicó la versión original —en holandés— de la biografía, Van Eyck y Strauven presentaron la obra en el orfanato, por entonces sede del Instituto Berlage de Arquitectura, que dirigía Herman Hertzberger. El lugar era especialmente adecuado, al tratarse de la obra maestra de Van Eyck, que al dejar de cumplir su misión original se había rescatado de la demolición creando allí una institución de enseñanza e investigación de la arquitectura; y donde la escala simultáneamente doméstica y pública, que tan apropiada había resultado para una residencia infantil, se había acomodado con soltura a la combinación de seminarios, talleres y aulas que demanda un centro académico (prueba paradójica y melancólica de esa flexibilidad adaptativa es el hecho de que, incapaz de pagar la elevada renta, el Instituto Berlage, ¡creado para salvar el edificio!, ha tenido que mudarse, y el orfanato está actualmente ocupado por oficinas, cuya distribución se ajusta con comodidad a la estructura alveolar y azarosa de inmueble). Y resultaba asimismo congruente que el Instituto lo dirigiese Hertzberger, el arquitecto que mejor había expresado las convicciones antropológicas y artísticas de Van Eyck, tanto en el terreno amable del alojamiento y la escuela, como en el más espinoso del espacio de trabajo, habiendo construido precisamente con la sede del Central Beheer un edificio de oficinas que se convirtió en el emblema de la reconciliación entre necesidad y libertad preconizada por el estructuralismo de los Países Bajos (el Instituto lo dirige hoy Wiel Arets, y éste es otro signo de los tiempos).

Aunque la obra estaba escrita en holandés, el acto se desarrolló enteramente en inglés, idioma oficial del Instituto Berlage, cuya vocación internacional le obliga al uso de esta lingua franca, en refrescante contraste, por cierto, con el chauvinismo miope de otras instituciones europeas. Van Eyck usó el admirable inglés que no puede por menos que tener quien ha pasado su infancia y primera juventud en Gran Bretaña, adornó su intervención con algunos desplantes toreros, y remató la faena descorriendo la cortina del fondo de la sala para que los asistentes pudiéramos contemplar, a través de las grandes cristaleras, el abominable y colosal edificio de oficinas colindante, que el arquitecto se jactaba de haber sabido «domesticar». Con ese golpe de teatro, el carismático maestro obligaba a soldar, en la presentación de su biografía, la parte más reconocida con la menos apreciada: la isotropía igualitaria y optimista de los sesenta, y las geometrías caprichosas y coloristas de los noventa; los tapices ordenados y las mallas inesperadas; el hormigón articulado y tectónico, y los vidrios con carpinterías de arco iris. Alguna continuidad existe, desde luego, entre las utopías comunitarias y contraculturales de los años sesenta —cuando en todas las escuelas del mundo se prestaba más atención a los iglúes esquimales que a las villas de Palladio— y el maquillaje «socialmente responsable» que aspira a dar rostro humano a las grandes corporaciones burocráticas; pero en el viejo maestro no se sabía si buscarla en el deseo de reunir al homo faber con el homo ludens o en un síndrome de Peter Pan que le obligaba a reproducir una eterna guardería con pozos de arena y juguetes de colores.

Algunos lectores de la biografía de Strauven se interesarán sobre todo por la exploración de las raíces del pensamiento antropológico de este holandés, errante en su distancia física y emotiva de su país natal, tanto tiempo contemplado por él desde el prisma británico o suizo, desde la nostalgia tropical de su madre y abuelos o desde la fascinación africana de sus viajes. Muchos encontrarán especial pertinencia en la relación de Van Eyck con dos círculos artísticos de fértil experimentalismo, el formado en tomo a Carola y Sigfried Giedion en Zúrich, y el del grupo CoBrA en Ámsterdam, cuya más influyente exposición montó el arquitecto (también fue él quien introdujo al pintor Constant en el urbanismo, y la Nueva Babilonia situacionista de éste tuvo su origen primero en las ideas del Team X y los campos de juegos de Van Eyck). Otros, finalmente, volverán a hallar aquí el musculoso dinamismo del debate arquitectónico en los Países Bajos durante este siglo, el extraordinario vigor innovador y la admirable disponibilidad adaptativa de su cultura construida, y la inagotable capacidad del neoplasticismo para fertilizar las aventuras intelectuales aparentemente más alejadas de sus premisas. Aldo van Eyck ha muerto, pero su obra sigue tan viva como la modernidad ortodoxa que se propuso demoler.


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