Arquitectura Viva
lunes, 27 de marzo de 2017
08/12/2016

Aga Khan: identidades plurales

Luis Fernández-Galiano

La arquitectura puede construir el pluralismo. En un mundo quebrantado por la tensión entre la globalización y el nacionalismo, el ambiente construido es capaz de crear escenarios donde el conflicto puede coreografiarse, reduciendo la brecha entre lo cosmopolita y lo local gracias al diálogo y el compromiso. El impacto de la emigración masiva ha alterado el paisaje político y social de muchas democracias occidentales, desde los Estados Unidos hasta la Unión Europea, donde el brexit ha sido la expresión más dramática del malestar generalizado que está amenazando la cohesión de las instituciones. Al tiempo que el nacionalismo identitario crece, la pluralidad se percibe cada vez más como un riesgo y menos como una riqueza. Pero el pluralismo político es la única esperanza para sobrevivir en este piélago de males, y su escenario privilegiado es la polis, donde convergen las políticas desarrolladas desde arriba con la participación ejercida desde abajo. Winston Churchill escribió que «We shape buildings, and thereafter buildings shape us» (Hacemos los edificios, y luego los edificios nos hacen a nosotros), y lo mismo podría decirse de los espacios de la ciudad, que proyectamos sólo para darnos cuenta de que al final esos espacios conforman nuestras sociedades, favoreciendo o dificultando la interacción entre los distintos grupos culturales o étnicos. La arquitectura, por tanto, puede construir el pluralismo cuando genera espacios plurales, lugares que promueven la diversidad y crean el sustrato donde se desarrolla nuestra vida en común.

El Premio Aga Khan de Arquitectura ha celebrado, desde su fundación, estos espacios del pluralismo, y de hecho su propia estructura organizativa está diseñada para relacionar entre sí gran variedad de enfoques que provienen de contextos geográficos o culturales muy diversos. Lejos de distinguir solamente obras grandes de grandes arquitectos —como hacen la mayor parte del resto de premios de arquitectura—, el Aga Khan es capaz de reconocer a un tiempo los rascacielos y las chozas, el patrimonio y la innovación, los espacios de trabajo y los museos, los planes urbanísticos y las pequeñas construcciones, los edificios icónicos de estudios prestigiosos y las humildes intervenciones hechas por trabajadores anónimos. Esta fenomenal variedad se refuerza aún más por el reconocimiento dado a los muchos actores diferentes que hacen la arquitectura posible: arquitectos, por supuesto, pero también clientes, constructores, artesanos e incluso los miembros de las comunidades que se ocupan de la gestión y el mantenimiento de los edificios. Con ello se fomenta la idea de que, para que un proyecto tenga éxito, la construcción del entorno debe ser una tarea colectiva en la que la pluralidad de intereses y opiniones habrá de expresarse mediante una conversación articulada.

Más allá del carácter plural del Premio Aga Khan, en todas las ediciones celebradas ha habido proyectos que materializan la pluralidad de un modo ejemplar, y este ha sido el caso —en esta 13ª edición— de Superkilen en Copenhague, un parque urbano situado en un distrito socialmente conflictivo y culturalmente diverso de la capital de Dinamarca. Como es bien sabido, el país es tan admirado en todo el mundo que muchos lo consideran un modelo social y político digno de imitación, y abogan por seguir su ejemplo. Francis Fukuyama, en Los orígenes del orden político, va tan lejos como para proponer que seguir la ‘vía Dinamarca’ constituye el gran reto que la mayor parte de las democracias tienen hoy que encarar, viendo en el país escandinavo un orden institucional especialmente exitoso que merece convertirse en una referencia para otros Estados. Con todo, en los últimos tiempos la falta de integración de las diferentes culturas de los inmigrantes ha producido importantes tensiones en la sociedad danesa, que se exacerbaron al calor de la polémica de las caricaturas de Mahoma en 2005 y produjeron un malestar generalizado entre los musulmanes, así como un ominoso ascenso de movimientos xenófobos y populistas. En este contexto, la construcción del parque Superkilen gracias a los esfuerzos combinados de los arquitectos de BIG, los paisajistas de Topotek y los artistas del grupo Superflex constituye un logro colosal en la medida en que se enfrenta cara a cara, con gran imaginación y con la participación de los usuarios, a los dilemas actuales de las sociedades europeas traumatizadas por la inmigración, encontrando una respuesta a tales dilemas en el pluralismo.

Pero, dicho todo esto, es justo señalar también que, probablemente, el pluralismo y el multiculturalismo no son términos intercambiables. El multiculturalismo tiene hoy mala prensa, tras los muchos fracasos producidos en Europa a la hora de sostener un archipiélago de diferentes culturas que coexisten como islas autosuficientes, y la canciller alemana Angela Merkel —tan valiente y generosa en su actitud hacia la inmigración— no dudó en reconocer que lo que muchos llaman el multikulti no ha funcionado. Pero la reacción a este fracaso no tiene que traducirse —como los movimientos ultranacionalistas a menudo defienden— en la imposición de una sola cultura en cada país; por el contrario, la diversidad cultural de los inmigrantes puede entenderse como una riqueza que puede florecer en un sistema pluralista que, en lugar de aislar los diferentes orígenes y experiencias en guetos étnicos, permita la fertilización cruzada de las culturas mediante el contacto y la conversación, reconociendo el carácter relativo de cada visión del mundo y resolviendo los conflictos con las armas del diálogo y la confianza. Esto es exactamente lo que el proyecto Superkilen ha sido capaz de lograr, transformando lo que antes era un enclave peligroso en un parque de atracciones y una exposición universal de proyectos urbanos comisariados por los propios vecinos, de manera que el parque ha acabado convirtiéndose en un espacio muy querido por las comunidades plurales de ambos lados del kilen —la ‘cuña’ o ‘brecha’— y en un destino turístico en la ciudad.

En un país tristemente marcado por la islamofobia —y no muy alejado de las corrientes profundamente xenófobas y antiinmigración que están erosionando poco a poco los cimientos de la Unión Europea, pero que han aflorado violentamente a la superficie con las campañas antimezquitas del Partido Popular Danés—, el parque Superkilen de Copenhague constituye un fenomenal antídoto que genera espacio público para las distintas identidades, hace hincapié en la pluralidad y se enfrenta a los conflictos políticos y a las disputas sociales mediante una creatividad audaz, un humor atrevido y un diseño participativo, tejiendo de este modo un red de conexiones emocionales que dota de sentido a la idea de pertenencia, empodera a la comunidad e inyecta en todos los involucrados un sentimiento de orgullo.

Si la arquitectura puede construir el pluralismo, seguramente este es un buen ejemplo que debería inspirar a otros. La imaginación estética y la conciencia social que expresa Superkilen es un homenaje a los arquitectos y artistas que lo han proyectado junto con los vecinos, y también un tributo a los clientes, la ciudad de Copenhague y la asociación filantrópica Realdania. El extraordinario éxito del proyecto es una prueba fehaciente de que el pluralismo en nuestras ciudades pue- de y debe ser un hilo para no perderse en el laberinto que se abre ante nosotros en estos tiempos de tribulación.


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