Arquitectura Viva
lunes, 30 de noviembre de 2020
21/05/2010

Arquitectura milagrosa, obras icónicas en España

Llátzer Moix.
De Bilbao a Palafolls, de Valencia a Santiago, hemos visitado en este libro una serie de escenarios españoles donde durante los últimos años se confió en el potencial milagrero de la arquitectura icónica y de los arquitectos estrella. Cada una de las historias revisadas nos lega una enseñanza. En Bilbao aprendimos que el éxito arquitectónico puede surgir donde menos se lo espera y a partir de planteamientos muy aventurados. En Valencia y Santiago, que la conjunción de clientes inexpertos con arquitectos incontinentes conduce a la desmesura y al derroche de dineros públicos. En Zaragoza, que el factor contrarreloj no hace sino aumentar tales efectos. En Barcelona, que ni siquiera las ciudades con solera urbanística y arquitectónica se han librado de la fiebre estelar. En Madrid, que la epidemia no ha sido todavía controlada. En L’Hospitalet, que el marquismo arquitectónico ya no es sólo un privilegio de las villas acomodadas, sino también un arma que empuñan en su lucha emancipatoria las históricamente marginadas. En el capítulo dedicado a las bodegas, aprendimos que la arquitectura estelar parece a veces un recurso de marketing. En Palafolls, que un cliente con ideas propias puede llegar lejos casi sin recursos. Y, en Andorra, que cuando el cliente no valora otra arquitectura más que la producida por los aristócratas del Pritzker, se expone a acabar subiendo al cadalso encadenado a ellos.

Hemos visitado diez escenarios. Pero podríamos haber visitado más. Córdoba, por ejemplo. Allí, el jurado que debía fallar el concurso del Centro de Congresos estuvo dudando entre premiar a Zaha Hadid o a Rem Koolhaas. Los políticos apostaban por una obra de Hadid, mujer de orígenes musulmanes y por tanto, en términos de imagen, candidata idónea para construir entrado el siglo xxi en la antigua capital del califato omeya. Pero Koolhaas, que llegó en jet privado y exigió hotel con piscina, supo defender su proyecto con tanta brillantez como displicencia y subyugó a los arquitectos del jurado, que acabaron eligiendo su propuesta. Pese a incumplir varias bases del concurso. Pese a trasladar su obra desde el emplazamiento previsto en la península de Miraflores, sin vistas a la ciudad histórica, hacia otro en el que sus 360 metros de fachada podían ‘dialogar’ cara a cara con la mezquita de Córdoba. (Otros no hablan de diálogo, sino de desafío). En este caso, la enseñanza sería que la cuota de responsabilidad de los jurados en ciertas obras desaforadas es alta.

También podríamos haber visitado Santa Cruz de Tenerife, donde el auditorio diseñado por Santiago Calatrava presenta alguna novedad muy sorprendente. Por ejemplo, la primera gárgola que no desagua. Y no es una gárgola cualquiera, sino el extremo de la espléndida pluma (o pez raya o cuerno o lengua) que corona el edificio, donde se esconden un par de depósitos de poliéster que recogen las aguas pluviales y una bomba para achicarlos gárgola arriba, evitando así que el agua caiga desde una altura de unos 30 metros y destroce el pavimento o descalabre a algún transeúnte. En este caso, la enseñanza sería que los arquitectos de más renombre no siempre son los más duchos en el ejercicio de su oficio ni los más sensatos, pero gozan de una fama, y eso basta para subyugar a las ciudades llevadas por el consumismo y el marquismo, a las urbes que podríamos denominar stararchitects victims aquejadas de una patología que el arquitecto Juli Capella resumió, allá por 2001, en un artículo titulado ‘Ponga un Foster en su vida’.

La paradoja, los excesos.
Podríamos, en efecto, seguir viajando, visitando, admirando y criticando obras y proyectos espectaculares. Pero quizás baste con lo visto hasta aquí. Y no porque sea el momento de la photo finish, puesto que ni la carrera ha terminado —varios de los procesos descritos en este libro siguen abiertos— ni hay ganadores. Sino porque una mayor acumulación de casos y relatos no modificaría el sentido de este libro; tan sólo lo ilustraría con mayor profusión. Y porque tal acumulación no sólo abulta las dimensiones del fenómeno: también anuncia su declive. Paradójicamente, la expansión de la arquitectura estelar registrada en España durante los últimos años contiene el germen de su destrucción. O, si se prefiere, la conduce al sinsentido. Un buen edificio será siempre un buen edificio. Sin embargo, ¿qué distinción supondrá para una ciudad el blasón del arquitecto estrella cuando ya todas las de su entorno puedan exhibir uno de rango similar? ¿Quién le garantiza a tal ciudad que este modelo de crecimiento no va a entrar en crisis, por pura saturación del mercado o a causa de una coyuntura económica adversa, antes de haber rentabilizado la elevada inversión que requiere? Y, sobre todo, ¿quién le asegura que la relación entre recursos invertidos y rendimiento obtenido sea la adecuada?

Aquí llegamos a un punto crucial: en la era de la arquitectura milagrosa se ha descuidado el sentido de la proporción entre la necesidad y el precio de las obras públicas. Queda ya muy lejos el tiempo de las catedrales góticas, cuya belleza emanaba de la sinceridad estructural, como recordó el ingeniero Eduardo Torroja, infatigable defensor del equilibrio entre funcionalidad, economía y belleza en toda obra pública. Y vivimos todavía inmersos en la sociedad del espectáculo, donde se diría que un edificio está ante todo obligado a ser fotogénico, televisivo y por supuesto competitivo. «La arquitectura debe comunicar, debe llegar al gran público, debe imponerse a sus vecinos o predecesores», me dijo Daniel Libeskind. Corría febrero de 2004 y este arquitecto de origen polaco creía aún que iba a desempeñar un papel central en la reconstrucción de la Zona Cero de Nueva York, otro proyecto en el que se piden a la arquitectura efectos taumatúrgicos, milagrosos, sanadores. Algunos autores muy destacados —el arquitecto Vicente Guallart los denomina ‘la internacional de la forma’— han tratado de responder a estos supuestos requerimientos con una patética fuga hacia delante, que se concreta en propuestas de carácter circense, deudoras del ‘más difícil todavía’, de lo nunca visto, de la ofensiva entronización de lo llamativo y lo gritón. A veces lo hacen forzados por una estructura empresarial cuyas riendas han cedido a accionistas ávidos de ganancias (como antaño les sucedió a algunos grandes modistos, más hábiles con el lápiz que con la calculadora). A veces, arrastrados por un delirio formalista que les ha empujado ya a intentar el triple salto mortal y sugerir rascacielos giratorios, en forma de plátano o cubiertos por ‘pieles’ que evocan una lámpara araña con lágrimas de cristal, una cota de malla o un pegote de alquitrán. Puro neobarroco en caída libre. Son astros a menudo más pendientes de su cuenta corriente, de sus progresos en la liga que les enfrenta, y de pasmar a una sociedad sedienta de imágenes de impacto, también arquitectónicas, que de la inserción en las tramas urbanas de sus creaciones, o de los valores culturales, la reflexión y el progreso que puedan llegar a generar. Astros que han actuado sin complejos en esta etapa buena para la arquitectura egocéntrica y, consecuentemente, mala para las ciudades en las que se incrusta. Astros casi siempre atentos a los deseos de las monarquías petroleras de los emiratos árabes, de los autócratas de Asia Central, de la nomenclatura china o de esa nueva clase dirigente rusa en la que se amalgaman antiguos funcionarios soviéticos y nuevos magnates de la energía, entre otros benefactores de la humanidad. Astros, en definitiva, dispuestos a aceptar estos encargos, a blanquear con sus formas arquitectónicas los más oscuros poderes, a escuchar propuestas carentes de toda lógica.

«Queremos levantar una torre de más de 300 metros en San Petersburgo», le comunicaron altos mandatarios de la compañía Gazprom a un arquitecto barcelonés, con el que contactaron en 2006 para que les redactara las bases del concurso de ideas. «¿Cuál es el programa? ¿Van a trasladar su sede central allí? ¿Será una torre de oficinas o tendrá otros usos?», les preguntó el catalán. «El programa da igual. La sede central seguirá en Moscú. Ya veremos qué hacemos con la torre, de momento la queremos para ayudar a la ciudad, para dotarla de un nuevo símbolo gracias a la obra de un autor prestigioso. Ése es el objetivo», le respondieron los hombres de la poderosa firma energética, revelando el concepto que algunos de los grandes clientes tienen hoy de la disciplina arquitectónica.

Voces críticas.
Escaladas estas cotas de lo absurdo, y mediando una crisis económica, las voces críticas con las estrellas desenfrenadas y con la arquitectura icónica se han multiplicado. Si en la introducción de este libro recogíamos desinhibidas teorías de arquitectos en proceso de subversión formal, ahora llega el momento de la resaca. El crítico William J. Curtis fue uno de los primeros en alzar la voz. Lo hizo en el marco del Guggenheim Bilbao, donde en junio de 2007 calificó los excesos arquitectónicos de desastre, de faraónicos, de formalismo vacío, de techno kitsch y de sometimiento de una disciplina humanística a los abusos del marketing y la moda. Se refirió también a un ‘urbanismo viagra’, producto del maridaje entre la plutocracia y la falocracia asociable a la proliferación de rascacielos.

La voz de Curtis se ve arropada hoy por un amplio coro, al que no dejan de sumarse renombrados solistas. En los últimos meses he tenido ocasión de hablar con varios de ellos. Sus diagnósticos sobre lo ocurrido en la España del Guggenheim están siempre en la misma línea. «Este fenómeno ha entrado en una fase de revisión crítica y económica», me indicó Oriol Bohigas. «No todo ha sido malo», sostuvo el crítico Luis Fernández-Galiano en la ordenada y pulcra redacción de Arquitectura Viva. «La llegada de las estrellas ha estimulado la escena local y ha generado eco en el exterior para lo que se hacía aquí. Pero el precio que hemos pagado ha sido elevado. La vanidad de los políticos en busca de relevancia simbólica ha propiciado conductas provincianas y presupuestos desmesurados».

El veterano urbanista Peter Hall me aseguró que «los iconos arquitectónicos nos llevan a una suma cero», y también que «sería más inteligente apostar por las infraestructuras de transporte que por la arquitectura icónica». Deyan Sudjic, director del Design Museum de Londres, se mostró más contundente aún al afirmar: «La arquitectura ha vivido apresada en la enfermiza burbuja icónica. Ahora que esa burbuja se ha reventado, espero una reacción similar a la de Adolf Loos cuando escribió Ornamento y delito; una inequívoca reacción contra la arquitectura irracional de los últimos años, y en favor de una época más reflexiva, como la de los años setenta. Entretanto, cada vez que oigo hablar del efecto Guggenheim, desenfundo mi revólver».

Incluso arquitectos que, en mayor o menor medida, han contribuido a hinchar esa burbuja se muestran ahora críticos. «Los años del boom de la economía y de la arquitectura icónica han terminado», me dijo Richard Rogers en su despacho londinense a orillas del Támesis, recién llegado de una semana de esquí. «Me gustaría creer que la crisis también afectará a la codicia que está en su origen. Veo en ella la posibilidad para evolucionar hacia una sociedad más libre en la que el mercado no dicte las reglas y progrese la conciencia social».

«Confiarlo todo al poder de unas formas arquitectónicas puede ser contraproducente», admitió Jacques Herzog. «Los árboles crecen en concordancia con su entorno. Y un edificio, que no es mucho más que un árbol, debe buscar también esa concordancia», indicó Toyo Ito, de vuelta a los referentes naturales. «Hemos asistido a una ola ridícula de proyectos desmesurados, encargados a estrellas que no han logrado reproducir el deseado efecto Guggenheim. El marquismo se ha convertido en parte de nuestra cultura, como el espectáculo. Y eso puede producir trastornos», me dijo Frank Gehry, en vena autocrítica. «El marquismo arquitectónico no aporta soluciones universales», declaró Lord Foster con maneras de primer ministro, durante una visita relámpago a Barcelona. «El éxito de Bilbao fue merecido. Pero otras ciudades españolas no supieron imitar su ejemplo». Más expeditivo, horas antes de ser investido doctor honoris causa en Barcelona, Federico Correa sentenció: «Querer ponerse en el mapa recurriendo a un arquitecto estrella es algo que, si no se controla bien, puede convertirse en una auténtica imbecilidad».

El clima de opinión dominante entre los grandes de la arquitectura es pues hoy distinto al de hace diez años largos, recogido en el prólogo de este libro. Allí anunciaban una nueva era arquitectónica a la que se aprestaban a contribuir con sus creaciones. Ahora siguen en ello, pero parecen haber recuperado un atisbo de contención.

Por supuesto, no se trata de exigir vueltas al orden académico ni de desterrar la expresión ni de vetar la experimentación o la innovación. Ni mucho menos de reprimir la genialidad que eventualmente puede aparecer y conmovernos. Pero sí se trata de poner coto al derroche. Aunque sólo sea porque cuando una obra pública que puede inaugurarse por 20 millones de euros acaba costando 100, la administración deja de invertir 80 de nuestros millones en obras menos vistosas, pero quizás más necesarias. O porque mientras se diseñan bibelots insostenibles se descuida una arquitectura más interesada en resolver problemas acuciantes como son los relacionados con la ecología, la movilidad, la participación, la inmigración o la integración y el máximo aprovechamiento de las nuevas tecnologías. Urge, en definitiva, devolver sensatez a la arquitectura, en esencial a la que se levanta con inversión pública. Y, de paso, olvidarse por un tiempo de los milagros.

En el epílogo del libro que acaba de publicar Anagrama, el redactor jefe de Arquitectura de La Vanguardia valora las consecuencias del 'efecto Guggenheim’ en nuestro país.

 
   
AV Monografías 227_228 - CASAS EN DETALLE AV Monografías
analiza en cada número un tema relacionado con una ciudad, un país, una tendencia o un arquitecto; incluye artículos de destacados especialistas, y comentarios de obras y proyectos ilustrados en detalle. Se publica en edición bilingüe español-inglés.
Arquitectura Viva 228 - JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ Arquitectura Viva
cubre la actualidad, dando cuenta de las tendencias recientes y organizando los contenidos en secciones: tema de portada, obras y proyectos, arte y cultura, libros, y técnica e innovación. A partir de 2013 se publica mensualmente, en edición bilingüe español-inglés.
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es el tercer miembro de la familia AV: una publicación bilingüe dedicada esencialmente a los proyectos (con especial atención a los concursos y detalles constructivos) que hasta ahora se han venido tratando de forma más sucinta en las otras dos revistas.
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