Arquitectura Viva
lunes, 30 de noviembre de 2020
04/05/2010

Ópera en cuatro actos: Oriente lejano

Richard Ingersoll.
La serie Atlas —editada por la Fundación BBVA bajo la supervisión de Luis Fernández-Galiano— se inició hace dos años cuando diez críticos (entre los que me incluyo) fuimos invitados a escribir acerca de la arquitectura de una región concreta del globo en los inicios el siglo xxi. Profundizando en este proyecto, se editan ahora cuatro volúmenes dedicados a la arquitectura de la pasada década en diversas áreas del planeta. El primero de ellos se centra en Asia y el Pacífico e incluye, como prefacio a los diez artículos y varias decenas de proyectos que contiene, una introducción a cargo de Fernández-Galiano en la que se hace un repaso de las posibilidades de la creación contemporánea dentro de la actual situación económica y política, lo que implica hablar de la transición de China hacia el capitalismo, los altibajos financieros de Corea, Taiwán y Japón, la fuerza emergente de Vietnam y Tailandia, la madurez regionalista de Australia y Nueva Zelanda, o el futuro incierto de Pakistán y su espectacular disparidad con la vecina India.

La primera cuestión que plantea este volumen del Atlas es si la geografía sigue siendo un criterio válido para la crítica arquitectónica en la era de la globalización. Gracias a la telemática y a la digitalización el mundo se ha hecho mucho más pequeño y homogéneo, haciendo que las mismas cosas, incluyendo las marcas arquitectónicas, estén presentes en todas partes. En cualquier dirección en que uno mire, pero especialmente en Asia, empresas multinacionales y burócratas ebrios de progreso han decretado el desplazamiento de personas y procesos. En apenas una generación Pekín ha visto diezmado su tejido histórico casi por completo para su reurbanización. De Rajastán a Mongolia, las tradiciones locales han quedado obsoletas ante la pujanza de empresas constructoras globales, consorcios inmobiliarios y clientes internacionales. La introducción de obras de arquitectos extranjeros ha supuesto un toque de sofisticación que tal vez sea una influencia fecunda para los autores locales pero, como se lamentan los neomarxistas, a menudo sólo se trata de un canje de capital simbólico.

A primera vista este Atlas podría parecer un tratado sobre el desarrollo asiático, lleno de enormes rascacielos y de instituciones culturales extravagantes, pero lo cierto es que también contiene una sutil línea argumental soterrada en torno a la resistencia, un tema dolorosamente evocado por el arquitecto indio Rahul Mehrotra. Al hablar de los numerosos proyectos fallidos tozudamente importados por conocidos arquitectos occidentales, entiende que «representan la impotencia de la arquitectura global (si es que existe tal estilo) para inspirarse en responder a las condiciones locales. Su ineficiente respuesta a aspectos básicos como el clima, la luz y la ventilación, y su dogmático uso del vidrio las convierten en propuestas antieconómicas e insostenibles [...] Por tanto, funcionan como iconos para la inversión en nuevos territorios, garantizando a otros capitales que el lugar es seguro para el aterrizaje.»

Tal afirmación parece suficiente para excluir las obras de un Koolhaas o un Foster de la lista de proyectos representados. Pero hay que asumir que los arquitectos famosos son, por lo general, los únicos a los que se ha permitido construir los grandes proyectos representativos de estos lugares, por lo que ninguna valoración de la China contemporánea estaría completa sin una mirada sobre la sede de la CCTV en Pekín, del mismo modo que nadie querría saber nada de Astana, la nueva capital de Kazajistán, si no pudiese ver la pirámide de Foster. Pese a ello, este Atlas es lo bastante sensato, en especial en los capítulos dedicados a India, China, Japón, Sureste asiático y Australia, como para incluir a menudo una escala alternativa, enraizada en el lugar, que lucha contra la aniquilación cultural causada por la globalización. También firmas extranjeras, como Tod Williams y Billie Tsien demuestran en el Conjunto Banyan Park en Bombay, pueden en ocasiones dar una respuesta poética al clima, la tradición y el lugar.

El libro comienza con la increíble transformación en las estepas de Asia Central de Kazajistán, país gobernado por lo que puede considerarse como el último régimen fascista del siglo xx, o el primero del siglo xxi. Aquí, la resistencia está fuera de lugar (nadie parece querer luchar por volver a la yurta). Nursultan Nazarbayev, en el poder desde 1990, primero como jerarca comunista y después como presidente electo en tres ocasiones —¡con más del 90 por ciento de los votos y sin candidatos opositores!—mantiene el control autocrático de este país rico en petróleo.

Como a cualquier buen dictador, a Nazarbayev le gustan los grandes ejes. Después de trasladar la capital en 1995 de Almaty a Astana, el Presidente quiso dar protagonismo al eje central de la ciudad uniendo su mansión presidencial con la nueva pirámide de acero y vidrio de Norman Foster. Incluso Takashi Tsubokura, autor del artículo y cuyo vínculo con el régimen es el haber participado en la planificación de Astana, alberga pocas simpatías por el proyecto. La pirámide está pensada para acoger a los representantes de las principales religiones del mundo durante dos días cada tres años para el Congreso de Religiones Tradicionales del Mundo. Al igual que el emperador mogol Akbar, que fundó Fatehpur Sikri en el siglo xvi para poder presidir sobre las diferentes religiones de la India, Nazarbayev ha tratado de trascender la política cimentando su poder en la convivencia de religiones. El interior del edificio, con sólo un tercio de la altura de la pirámide de Keops en Giza, posee el discutible encanto del vestíbulo de un hotel de lujo, pero al menos se ha resuelto el antiguo problema de cómo acceder a una pirámide mediante un paso por debajo de la cota del suelo. Astana, esa brillante petro-utopía, parece preparada para convertirse en el decorado de la próxima película de James Bond.

Esto nos conduce al segundo gran tema evocado por el Atlas: la política. Un tema importante porque China lo es. En gran medida, la difusión del consumismo en Asia ha tratado de seguir el antiguo modelo establecido por la ciudad-estado de Singapur. De modo similar a Kazajistán, su gobierno se hace pasar por una democracia parlamentaria con un presidente vitalicio, Lee Kuan Yew, que gobernó el país durante cuarenta años para finalmente cederle el puesto a su hijo. Como Rem Koolhaas apuntó en su ensayo de 1994 ‘Singapore Songlines’, se trata de un contexto represivo pero seductor que hace a uno replantearse seriamente los procesos democráticos occidentales, ya que se trata de un gobierno capaz de planificar el trabajo y de hacer que la gente obedezca las leyes y, al mismo tiempo, ofrecer un elevado nivel de vida.

Peter G. Rowe, autor del artículo introductorio del capítulo del Atlas dedicado a Singapur, no hace alusión al llamativo hecho de tratarse de un país con muy poca tolerancia por los derechos humanos pero, simultáneamente, con uno de los gobiernos menos corruptos del mundo. Su texto califica la expansión de obras realizadas por grandes oficinas corporativas como «vibrante», y sólo insinúa que algo debe estar cambiando en el estricto gobierno de la isla con la construcción del resort Universal Studios —un complejo turístico y un casino diseñados por Michael Graves— debido a los «inciertos efectos de la implantación de una actividad como el juego en la sociedad de Singapur».

Si el autoritarismo blando de Singapur, con apenas cinco millones de habitantes, puede no ser de especial relevancia para el mundo, el de China, donde viven una de cada cinco personas del planeta, sí lo es; aquí la fuerza de la demografía pone a prueba los límites de la geografía. La carrera por el desarrollo prosigue, y mientras el gobierno trata de impedir la libertad de expresión en internet, el cine y el arte chinos comienzan a penetrar en los mercados. Paralelamente, conocidos arquitectos internacionales han accedido a cooperar con el gobierno, resultando en obras como el aeropuerto de Pekín de Norman Foster, las torres ‘híbridas’ de Steven Holl, o el lírico ‘nido’ del Estadio Olímpico de Herzog y de Meuron en colaboración con el artista local Ai Weiwei, cuya presencia en el proyecto demuestra la rapidez con la que China se ha integrado en el contexto global.

Pero si los disturbios de Tiananmen pusieron de manifiesto el rechazo de las autoridades a la libertad de expresión, no es menos cierta su inclinación a neutralizar a los críticos para, al mismo tiempo, lentamente adaptarse a sus objeciones. Arquitectos como Yung Ho Chang, en Pekín, y Wang Shu, en Hangzhou, representan una importante tendencia, mostrando a otros profesionales cómo regresar a los tipos de la tradición y a los materiales del genius loci sin copiar los modelos históricos. Sin embargo, este capítulo evidencia los límites del Atlas, pues los cambios que han tenido lugar en China son tantos que no pueden ser representados por unos pocos edificios. Así, no han tenido cabida proyectos como la ciudad sostenible de Lingang proyectada por Von Gerkan, ya en construcción; la Exposición Internacional de Shanghái, a punto de dar comienzo; ni la ciudad en expansión de Shenzhen, con más de ocho millones de habitantes. El proyecto del Atlas tendría quizá más sentido como página web, y considerando que únicamente se muestran obras contemporáneas, probablemente ni siquiera sería objeto de la censura china.

Luis Fernández-Galiano (Ed.)
Atlas. Arquitecturas
del siglo XXI: Asia y Pacífico
Fundación BBVA, Bilbao, 2010
317 páginas; 30 euros

 
   
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